Blog Squad: Alex Oller

Bienvenidos a la sección de Blog Squad en Español, una colección de artículos de opinión, de periodistas, artistas y especialistas en básquetbol alrededor del mundo, quienes han querido compartir sus pensamientos acerca de la NBA. Aquí podrás consultar las columnas de opinión de cada uno de nuestros invitados especiales.

Los puntos de vista expresados en Blog Squad en Español representan únicamente la visión de quienes escriben en ella. No representan la posición de la NBA.com/español, de la NBA o de alguno de los equipos de la liga.

Alex Oller
PERIODISTA INDEPENDIENTE
Trabajó en Barcelona en WWW.BASKETV.COM de 2000 a 2002 antes de partir a Nueva York, donde colaboró en radio y periódicos españoles (ONDA RAMBLA, AVUI, LA VANGUARDIA, EL PERIÓDICO, EL MUNDO) para luego enrolar en RUMBO de San Antonio y cubrir a los Spurs hasta 2007. De vuelta a Barcelona ingresó en ADN.ES y actualmente ejerce de free-lance, tras una ruta de siete meses por Latinoamérica.



Adiós con pena
Publicado por Alex Oller. 30 de noviembre, del 2010

En la NBA no acabaron de valorar del todo las cualidades de un jugador que lo ha ganado todo a nivel internacional, pero Oberto siguió su camino hasta alcanzar el ansiado anillo en San Antonio.
NBAE/Getty Images
Ya pasaron unos días y, que quieren que les diga, a uno le apenan estas cosas. La escritura siempre ayuda un poco en la terapia, pero el hecho de que uno decida irse antes de tiempo no deja der ser una noticia triste, por mucho que el futuro le depare otras grandes oportunidades.

No tengo la menor duda que a Fabricio Oberto le va a ir fenomenal en la vida tras colgar las zapatillas. Se trata, a mi modesto y limitado entender, de un tipo listo, alegre, vital y optimista al que, se diría por sus andares, sólo le pasan cosas estupendas cada día.

Cuando me enteré de su precipitada retirada por culpa de unos problemas cardiacos, dos pensamientos opuestos chocaron en mi mente de inmediato: 1. Qué suerte que se lo detectaron a tiempo. 2. Qué lástima que no pueda seguir jugando, haciendo lo que más le gusta.

Quien suscribe estas líneas no puede contarse entre los íntimos de Fabricio, ni mucho menos. Pero sí entre los muchos afectados por su retirada del baloncesto. No es muy casual, en estos tiempos, encontrarnos con tipos tan genuinamente amables, sinceros y generosos como el ya ex internacional argentino. Siempre una sonrisa a punto y una mano extendida, una declaración de interés mutuo y respeto profesional cuando, seguro, tenía muchos más motivos que otros para andar cabizbajo y enfurruñado.

Llegó algo tarde a la NBA, aunque él, siempre positivo (¿qué opinaría Louis Van Gaal de este tipo?), no lo viera así. Los Spurs se lo trajeron del Pamesa Valencia con 30 años para ejercer de poste suplente en un equipo campeón. Jugaría detrás del titular Nazr Mohammed. Lo que muchos no entendíamos, -“¡Oberto destrozaría a Ben Wallace! ¡Le haría un traje!”, se desesperaba un colega por aquel entonces-, él lo veía como una triple oportunidad: vivir una nueva aventura en un país lejano de la mano de su esposa e hija recién nacida, jugar con su amigo Manu Ginóbili en San Antonio y conseguir un anillo de campeón de la NBA.

Y, cómo no, Fabricio consiguió todos esos objetivos y disfrutó de cada uno de ellos. Fue una gozada verle entrar en cancha y empezar a carburar con Manu, con el que se entendía a las mil maravillas.

Pero a nosotros siempre nos supo a poco. Pensamos que Oberto podía, debía ser titular. Que un tipo que lo había ganado todo con la Selección Argentina y que venía de demostrar su valía en Europa con un palmarés envidiable merecía un mayor reconocimiento en la NBA. No era un poste glamouroso, ciertamente. Pero, muy a la semejanza de su otro amigo, Luis Scola, era un jugador técnicamente bueno, con excelentes fundamentos, una manera privilegiada de entender el juego como algo colectivo y, sobretodo, mucho corazón y muchas ganas.

Pero Gregg Popovich nunca lo consideró más allá de un rol de reserva y, tras conseguir el ansiado anillo, lo traspasó a Detroit, quien lo desestimó para que finalmente fueran los Wizards quienes le ofrecieran un contrato. De allí, Fabricio pasó a ser agente libre y, presto a seguir jugando, enroló en Portland el pasado verano. Un veterano, ganador contrastado a todos los niveles, sólo quería seguir jugando. Disfrutar del baloncesto. Y siempre con una sonrisa en la boca, cero quejas, cero reproches hasta el final. Como en el Canto a Itaca, el viaje es lo que importa.

Y el viaje se acabó recién. Irónicamente fue ese corazón enorme el que le avisó definitivamente en un partido contra Milwaukee: “Fabricio, hora de decir adiós”. Y Fabricio supo escuchar y dijo adiós, nuevamente, con la mejor de sus sonrisas. “No se preocupen”, vino a decir. Un nuevo viaje le espera al viejo rockero, y así me enteró que ya anda haciendo de las suyas como conductor radiofónico en su amada Córdoba.

Pues, pese a la tristeza, no queda más que desearle la mejor de las suertes a nuestro amigo. Y aprovechar estas últimas líneas para, ya puestos, afiliarme al modus vivendi ‘Obertiano’ para despedirme de ustedes en este espacio dedicado al Blogsquad. Han sido cinco años colaborando y realizando, como Fabricio, un pequeño sueño infantil con la mayor ilusión del mundo; por lo que únicamente me queda agradecerle a la NBA la oportunidad y, a quienes me hayan leído durante este tiempo, la paciencia.

Encaro nuevo viejo proyecto, de nombre ‘Balón Lebowski’. Les contaría más pero, ¿qué quieren?... las despedidas me apenan.



Zapatero, a tus zapatos
Publicado por Alex Oller. 3 de noviembre, del 2010

Lon Babby reconoció que la presencia de Dudley en el vestuario hace de la plantilla de los Suns "un grupo especial".
NBAE/Getty Images
Fuera de familiares y amigos, en la categoría de conocidos, una de las personas por las que siento más aprecio es Carlos. Referido laboralmente como Rápido Carlos, este amable y paciente señor que, desde que recuerdo, pasa sus jornadas en un oscuro bajo, a vista de tobillo de viandante, se dedica al noble oficio de zapatero.

Desde bien pequeño y de la mano de mi madre, me fascinaba el corto recorrido a su pequeña guarida, repleta de cajas, zapatos, zapatillas, botas y pantuflas de todas las midas y colores, impregnada de mareante olor a betún y piel. Y allí estaba Carlos, El Rápido, encorvado con el delantal manchado de grasa, la mirada fija e intensa por encima de sus anteojos, sus menudos dedos luchando contra el cuero gastado.

El hombre lo arregla todo. Desde unas botas camperas a zapatos de tacón, pasando por chirucas de montaña o calzado deportivo. ¡Cuantas veces rescató mis maltrechas botas de fútbol adolescente (muy a pesar de las recomendaciones de mi madre, que le instaba a mandarme al carajo), apiadándose de mis ruegos!

Regresé el otro día con (sí señor), mis agujereadas zapatillas de fútbol-sala, y se me puso nostálgico. “Ya nadie me trae zapatos”, suspiró. “Todo el mundo lleva calzado deportivo de usar y tirar… ¡Cuánto echo de menos unos buenos Martinelli!”.

¿Y a que viene todo este romance en un supuesto blog de NBA?, dirán.

Quizás nada. Pero es que uno, en momentos como ese, en que el Rápido destila algo más que oficio, algo más cercano a sabiduría de calle, tiende a ponerse a pensar con cara de encantado… ¿Quién somos? ¿Adónde vamos? ¿Y con qué calzado?

En tiempos de incertidumbre como los que nos rodean (y la NBA no se escapa, desde luego), me da que falta gente como el Rápido en nuestro tejido social, capaz de leer situaciones con clarividencia y remendar lo irrecuperable, meterse en los recovecos más oscuros y enhebrar un hilo salvador que selle una suela o dome una piel enrabietada.

Por deformación profesional y limitación intelectual (no nos vamos a engañar), uno tiende a exportar esos momentos a terrenos tan banales como una cancha de baloncesto. Es por ello que este miércoles, cuando leí de la renovación de Jared Dudley con los Suns, lo primero que me vino a la mente fue la figura del Rápido Carlos.

Dudley es un tipo que, como Carlos, me tiene robado el corazón. Poco dotado físicamente, supera sus carencias con un innato sentido del juego, esfuerzo diario, capacidad para entender lo que no es capaz hacer (código uno del buen zapatero) y sentido de equipo y el trabajo bien hecho por encima de cualquier otra cosa.

No es, ni lo será nunca, una de las estrellas de la liga, pero fue un jugador de valor incalculable para Phoenix en los pasados Playoffs y el propio general manager, Lon Babby, ha reconocido que “Dudley es un valioso miembro de esta plantilla que la convierte en algo especial, y eso se nota también en el vestuario”. Es un tipo que hace el trabajo sucio, recogiendo los restos de las jugadas rotas y arreglándolas, poniendo un parche aquí, cosiendo un hilo allá o pegando una suela. Lo que en Estados Unidos denominan cariñosamente glue guy.

Yo lo llamaría un remendón, y no sólo para los Suns, sino para toda la NBA, que podría usar más tipos cómo él en la liga. Humildes pero orgullosos de su oficio, sacrificados, honrados y solidarios. Profesionales dedicados a su arte, baloncestistas de raza sin más pretensiones que las de un universal grito de guerra: ¡Zapatero, a tus zapatos!

Y a ello se ponen. Allí está Dudley, haciendo equipo y, de paso, liga.

Como el Rápido hace barrio, entre zapato y zapato.



Que jueguen
Publicado por Alex Oller. Octubre 26, del 2010

Dwyane Wade no tuvo problemas autoproclamándose "el mejor trío de la historia" junto a Bosh y James, menospreciando de paso a grandes leyendas de la NBA como Jerry West, Elgin Baylor y Wilt Chamberlain.
NBAE/Getty Images
Un viaje de siete meses por América Latina, como el que se regaló este año un servidor, tiene infinitos aspectos positivos que no voy a resumir aquí; pero, entre ellos, tengo sin duda que añadir la suerte de no haber visto en directo la indigesta The Decision de LeBron James o la repugnante presentación del Miami Thrice, Three My Egos, Miami Cheats, o como quiera que se llame ahora el equipo que ocupa el American Airlines Arena.

Solían caerme bien los del balón incendiario, ya desde su llegada a la NBA en aquel lejano 1988: lucían estupendo uniforme, original logo, llegaban de la mano de los Charlotte Hornets y pronto aparecieron jugadores carismáticos como Rony Seikaly, Glen Rice, Brian Shaw, Steve Smith o Tim Hardaway.

Ya no.

Los supuestos ganadores del Gran Verano de 2010 se han comportado, desde que ficharon a James, con el peor gusto de un nuevo rico que luce joyería antes que buenos modales. No merece el desenlace del culebrón LeBron más comentario que una flatulencia a destiempo, pero el hecho que, ya una vez rubricada la firma, desde la propia franquicia optaran por una presentación tan obscenamente grandilocuente como la que ofrecieron a sus seguidores es, cuanto menos, una bofetada en la cara al resto de equipos contendientes.

Dio pena contemplar, ya de vuelta de la larga travesía y Youtube mediante, las penosas poses y arrogantes comentarios de las que se suponen superestrellas de la Liga, con LeBron (que no ha ganado aún nada y, por desconocer, ni sabe que los Heat no juegan en su admirado South Beach) contando los títulos por venir de antemano y retar, ya puestos, a Dwight Howard y compañía. Aparte de sentido común, me parece una cuestión de mesura y modales.

“Somos el mejor trío de la historia en jugar al baloncesto”, añadió Wade tras la presentación.

Gracias por opinar Dwyane. Les paso enseguida la nota a Jerry West, Elgin Baylor y Wilt Chamberlain. Y a Earl Monroe, Walt Frazier y Willis Reed. Y que no me olvide de Larry BIrd, Kevin McHale y Robert Parrish. ¿Te encargas tú de Michael Jordan, Scottie Pippen y Dennis Rodman?

Claro que cuesta un poco aprender de historia cuando uno anda tan enfocado en el presente. Y suponemos que los chicos de Riley ya conocen de sobras a los actuales campeones Lakers, los vecinos de Orlando, los viejos Celtics, o los pujantes Bulls. Al fin y al cabo, se entrevistaron con ellos antes de conjurarse para unir fuerzas (o eso dicen, al menos).

¡Ah! Y ese chico de Okhlahoma que ganó el Mundial con Estados Unidos… ¿Cómo se llama? ¿El que fue máximo anotador y renovó con su equipo por cinco años y lo comunicó con una escueta nota en su cuenta de Twitter? Kevin Durant, eso es.

Miren, cada uno es libre de hacer con su vida lo que quiera, cómo hiciera LeBron meses atrás o el aquí firmante con su año sabático. Pero siempre entendiendo bien y aceptando las repercusiones respectivas y, en este caso, el que los aficionados, por mucho que no se engañen, también tienen su derecho a sentirse heridos y exigir lo que consideren necesario a cambio.

Modales. Respeto. Competitividad. A falta de los dos primeros, me conformo con lo tercero. Llegó la hora de defender sobre la pista lo vociferado desde el escenario.

Que jueguen pues.



Aquí los campeones
Publicado por Alex Oller. Octubre 5, del 2010

Magic Johnson y los Lakers ya visitaron la ciudad condal en 1991... y salieron airosos por bien poco.
NBAE/Getty Images
Llega el NBA Europe Live a Barcelona, y van 22 años ya desde que la mejor liga de baloncesto del mundo desembarcara en nuestro país con la histórica visita de los Celtics de Larry Bird, Kevin McHale y Robert Parish a Madrid en 1988. Recuerdo luego aquel McDonald’s Open entre New York Knicks, Scavolini Pesaro, FC Barcelona y el Pop’84 de un emergente Toni Kukoc en la ciudad condal dos años después, e incluso la visita de los Warriors de Latrell Sprewell a Badalona en 1994; junto con otro partido del Joventut, este frente a los Lakers de Magic Johnson y James Worthy en 1991. Se salvó por los pelos el Showtime en el Olímpic… si no recuerdo mal, fue un triple no convertido por Carles Ruf lo que evitó el primer triunfo europeo ante un equipo NBA.

Llega, en esta ocasión, el campeón del mundo. Y lo subrayó porque, de la misma manera que hemos reivindicado algunos que la NBA cambiara la denominación por respeto todos aquellos países que no se llamen Estados Unidos o Canadá, y sobre todo a raíz de que la campeona del mundo, hasta hace unos días, era España, toca conceder el sambenito en esta ocasión, aunque sea sólo de forma simbólica. Kevin Durant y compañía se lo ganaron en Turquía, por mucho que a muchos nos baste con ese “Campeones de la NBA” en las banderolas.

El caso es que aquí están los Lakers y cabe recordar su condición de monarcas porque, entre tanta crítica el año pasado, tantos peros, y tanto despiste este verano con la bolsa de fichajes, es posible que a algunos se les haya escapado el pequeño detalle de que el trofeo Larry O’Brien reside actualmente en el Staples Center.

Fue, el título conquistado el pasado junio, un título bien merecido aunque a muchos, y me incluyo, les hubiera hecho más ilusión un triunfo final de los Celtics en la serie definitiva. Gozaba quizás de más carisma la escuadra de Doc Rivers, con sus billetes escondidos en el vestuario angelino, sus veteranos en pie de guerra por (se supone) última vez, su remontada improbable en los Playoffs y la lección despachada a los Cavaliers de LeBron.

Pero en unas Finales al mejor de siete, los Lakers salieron airosos pese a tener que ganar los dos últimos envites en su cancha. Derrotaron a un equipo hambriento, correoso y talentoso, y lo hicieron a lo grande. Por eso son los campeones.

Lo son porque Phil Jackson, a sus 65 años y pese a sus problemas de salud, sigue siendo el mejor entrenador sobre el que puede edificarse un equipo con las máximas aspiraciones. Lo son porque disponen de la figura de un capitán con mayúsculas en un hombre como Derek Fisher, veterano de mil batallas y ganador de la mayoría de ellas. Al borde de la retirada el pasado curso, se apuntó a un último baile y, aparte de actuaciones clave, logró con su sola presencia que el resto de implicados se partiera el alma por conseguirle otro anillo. Y apunta a magnifico coach cuando cuelgue las zapatillas, por cierto.

Son campeones porque batieron a unos Celtics con igual o mayor colmillo y sin apenas Bynum, el joven pívot que parecía destinado a tomar el testigo de Kobe Bryant y que, se intuye, no pasará nunca de tercera opción en un equipo que ya sólo piensa en el presente. Lo son porque les cayó del cielo un privilegiado como Pau Gasol, que pasó de escuchar pitos en Memphis a recibir los aplausos de Jack Nicholson en el Staples Center, y no quiere despertar. Lo son porque cuentan con Kobe, cinco anillos en el casillero y a sólo uno de distancia de Jordan. ¿Alguien apuesta contra la Black Mamba en 2011?

Son campeones porque se arriesgaron con un enigma llamado Ron Artest, y el mismo jugador que hizo contener la respiración de la grada con cada triple a destiempo fue el mismo que selló el campeonato con una canasta para la hemeroteca.

Son los campeones y, con menos ruido que otros, son los que mejor se han reforzado con la llegada de Steve Blake, Matt Barnes y Theo Ratliff. Tres ases del gremio de la intendencia que refuerzan sus opciones para 2011. Son los campeones. Y están aquí.




Dos hombres y un destino
Publicado por Alex Oller. Septiembre 22, del 2010

En Barcelona '92, los viejos guerreros se reunieron por última vez y llevaron el oro olímpico a Estados Unidos.
NBAE/Getty Images
Será cosa del recogimiento otoñal, puede que ansiedad por que inicie nuevamente la temporada baloncestística o, más probablemente, añoranza del pasado, pero el caso es que hace apenas unos días visioné al fin el aclamado documental de la HBO sobre Magic Johnson y Larry Bird, esos mitos del parqué.

Magic & Bird: a Courtship of Rivals (Cortejo de rivales), lo titularon y, si no lo han visto todavía y, como yo, rozan la edad adulta en años baloncestísticos, se la recomiendo encarecidamente. ¡Qué carajo! Si tienen 80, ocho o 18 años, deberían verla igual, pues se trata de un documento que va bastante más allá de la duela, a pesar de repasar a conciencia una etapa histórica de la NBA. Sonaré a abuelete cascarrabias a estas alturas, pero es que ya no hacen jugadores como los de antes. La historia de Magic y Bird, de personalidades tan opuestas y juegos tan dispares, es una de actitudes vitales y superación casi más fuera de la cancha que dentro. Y miren que dentro tanto uno como otro sentaron cátedra.

Lo hizo Magic, ganador de cinco campeonatos en Los Ángeles, a base de un juego tan vistoso como efectivo y una actitud contagiosa. He de admitir que, devoto, como es uno de Michael Jordan, la eterna sonrisa casi Ronaldinhiana del bueno de Earvin muchas veces conseguía en mí el efecto contrario a la adulación. ¿Cómo podía desdramatizar así un partido el líder de los Lakers? ¿No entendía la importancia del juego? Nada más lejos de la realidad. Se trataba, sencillamente de una cuestión de capacidad y estilo: el 32 era tan bueno que no necesitaba inventarse estrategias psicológicas o recurrir a la mala leche para ser competitivo. Él disfrutaba jugando, y ganando; que lo hizo, y bastante.

Y no nos equivoquemos, Magic podía ser un osito de peluche una vez acabado el partido, pero era un killer sin piedad en el fragor de la batalla. El joker que encarnó en su día su encarecido fan, Jack Nicholson, que lo vio en primera fila todos esos años. Y si el showtime parecía frívolo en la Costa Este, los resultados quitaron razones. Puede que el baloncesto de Magic fuera demasiado bonito para algunos, pero nunca uno de sus pases fue exclusivamente para la galería; en el objetivo siempre estuvo la canasta, sobre todo lo demás.

Lo de Bird era distinto. Áspero de carácter de puertas afuera, al crecer en la pequeña French Lick de Indiana, el 33 de los Celtics nunca gozó del don de gentes de su gran rival, y tampoco intentó adquirirlo. Él, como reconoce hasta la saciedad en el documental, sencillamente quería jugar y batir a su rival, no hacer amigos. En una actitud de la que me gustaría tomaran nota algunas de las jóvenes estrellas de hoy en día, Bird jamás mezclo el placer con la tarea inminente, y mucho menos la amistad con el duelo. “Yo estaba allí para ganarle, y no podía hacerlo y ejercer de amigo al mismo tiempo”, reconoce sobre su peculiar relación con Magic, al que consiguió robar tres títulos en la década de los 80.

Y puede que no se dieran abracitos, ni besitos, ni palmaditas en el trasero; incluso que se dieran codazos, empujones y más de un golpe barriobajero. Pero mantuvieron los duelos dentro de la deportividad, si por ello entendemos una rivalidad a cara de perro, pero sin intención de humillar al contrario. Y lograron, quizás gracias a ello, forjar una relación de amistad sincera y profunda una vez superados sus grandes duelos y superada la rivalidad Boston-LA.

Nos regalaron lo mejor que tenían cada uno: una lección de honradez, lealtad a unos colores y entrega sin excusas. Compitieron hasta el final y sacaron lo mejor el uno del otro, hasta el punto de salvar una liga que entonces andaba de capa caída y marcar el camino a seguir a la generación de Air Jordan. ¿Qué más se puede pedir?

Magic & Bird. Bird &Magic. Dos nombres para siempre ligados en el Olimpo del baloncesto. Dos hombres y un destino.



Delicias Turcas
Publicado por Alex Oller. Septiembre 12, del 2010

En la NBA, la Liga ACB o el próximo torneo internacional, jugadores como Ricky Rubio se desquitaran algún día del amargo sabor de la derrota.
NBAE/Getty Images
Pasó el Mundial de Baloncesto en Turquía y casi ni nos dimos cuenta. Como quien engulle, una tras otra, las famosas Delicias Turcas que se encuentran a lo largo y ancho del Gran Bazar de Estambul, fuimos degustando partidos y actuaciones que, no por breves, resultaron inocuas. El paladar fue bien agraciado en un torneo repleto de matices y sabores. La final, algo sosa, eso sí; pero quizás fue el atracón previo lo que acabó restándole aroma.

Estados Unidos se llevó el Oro. Al fin y tras años de decepciones, los chicos de la NBA lograron el objetivo en Estambul y se coronaron indiscutiblemente reyes del deporte que sus predecesores del Dream Team perfeccionaron y consiguieron exportar al mundo casi 20 años atrás.

Y allí están los frutos.

La poderosa Turquía de Tunceri, Arslan, Ilyasova, Turkoglu y Asik. La agresiva Serbia de Teodosic, Bjelica, Keselj y Krstic. La Rusia de Mozgov Y Monya y la Lituania de Kleiza. La Argentina de Scola, Delfino, Oberto y Nocioni. Y, cómo no, la ya ex campeona España de Navarro, Rudy, Ricky y Garbajosa…

Todos bebieron en su tiempo de Magic, BIrd, Barkley, Jordan y compañía.

Lo visto en este Mundial de Turquía certifica la exitosa globalización del baloncesto y la evolución del juego internacional que, intuyo (o espero), se dirige hacia una faceta más pulida, más estética (si por estética entendemos bella o artística) y harmoniosa que la que nos deparó la década anterior.

El nuevo campeón, precisamente, no ha sido el mayor exponente del baloncesto académico, a pesar de los esfuerzos de Mike Krzyzewski por organizar a sus hombres alrededor de la imponente figura del estratosférico Kevin Durant; pero USA Basketball sí ha conseguido esta vez, al menos, primar el sentido de equipo sobre las individualidades. Y allí están como muestra las oscuras prestaciones de Lamar Odom o Derrick Rose en roles secundarios, los ánimos desde el banquillo de Kevin Love, las defensas a cara de perro de Eric Gordon o Russell Westbrook o el pasaporte de vuelta a casa del distraído Rajon Rondo. Eso, casi más que el Oro final, fue el mayor triunfo de los representantes de la NBA en el torneo.

Y aún así, me quedo con la firmeza en el juego demostrada por Serbia, a mi juicio la selección que mejor supo combinar la improvisación individual con el juego colectivo. Me quedo también con las ganas de mejorar de Turquía, que cimentó su rol protagonista en el panorama internacional tras años de apuntar maneras y nutrir la mejor liga del mundo con hombres como Turkoglu o Ilyasova. Me quedo con el digno papel, también, de una Argentina sin Ginóbili y que, a pesar del descalabro ante Lituana (un mal día lo tiene cualquiera), demostró que atesora madera y fuelle para otro abordaje, con Scola en plan estelar. Me quedo, ya puestos, con los 20,2 puntos y 10,2 rebotes de promedio del chino Yi Jianlian y los apuntes de Brasil, que parece que no sólo progresa adecuadamente en el ámbito socioeconómico.

¿Y España?

Pues me quedo también con el infravalorado sabor de la derrota. Ese que nos quema por dentro cuando sabemos que podríamos/deberíamos haber dado más. El que recordamos tanto o más que el más exquisito de los dulces. Me quedo con la atinada frase del siempre agudo Antoni Daimiel: “Que guapa que estás, cuando te enfadas”.

Me quedo, pues, con un caramelo amargo, entre tanta Delicia Turca.


Serbia, presente y futuro
Publicado por Alex Oller. Septiembre 8, del 2010

Rudy tuvo destellos de clase NBA en Turquía, pero a España no le bastó con el talento y la garra ante el equipo de Ivkovic.
NBAE/Getty Images
Decían que iba a ser un gran partido: la ya ex campeona del mundo y actual campeona de Europa, España, contra la selección que precisamente le disputó la corona continental en la final de hace un año, Serbia.

Aseguró entonces su entrenador, Dusan Ivkovic, que a su prometedor combinado le faltaba todavía un hervor cuando perdió la corona frente a Rudy Fernández, Ricky Rubio, Pau Gasol y compañía. Que su momento llegaría… y pronto.

Y vaya si acertaron las predicciones.

El choque entre Serbia y España hoy fue de lo mejorcito que ha deparado, no sólo este Mundial de Turquía, sino el baloncesto en lo que va de año, NBA incluida. Y Serbia, efectivamente, ha aterrizado y se mostró en plena ebullición ante un plantel ibérico rebosante de talento y curtido en mil batallas que, simplemente, tuvo que claudicar esta vez ante un mejor rival.

Lo hizo tras remontar bravamente un déficit labrado en los inicios del encuentro, cuando los balcánicos demostraron que, esta vez, salían a por todas y con ganas de revancha. Por detrás en el marcador la mayor parte del partido, el equipo de Scariolo no mostró su mejor versión, pero se bastó de talento y garra para tener opciones hasta el final. Con bombazos de Navarro y ráfagas de Rudy pudo España competir un encuentro a cara de perro.

Pero una cosa son las opciones y otra, el resultado.

Fue mejor Serbia porque ganó la batalla del rebote, porque supo atascar el juego de penetración español y porque, básicamente, impuso su estilo y su voluntad cuando más importó.

No fue bonita la conclusión, con la pérdida del balón por parte de Garbajosa; pero le valió un mundo al equipo de Ivkovic, ansioso de ‘vendetta’ tras la decepción de Polonia 2009 y sabedor de que se jugaba mucho en el envite. No en vano los jugadores de su seleccionado lo habían ganado casi todo en sus anteriores categorías. Mientras los ‘mayores’ fracasaron estrepitosamente en el anterior Eurobasket, los jóvenes serbios, que siguen siendo los más imberbes del Mundial, prometían tardes de gloría llegado el momento. Y esperaron.

Por eso el triple de letal de Milos Teodosic a tres segundos de la bocina supo tan dulce a los balcánicos. Porque fue una jugada espectacular con tiro arqueado, lento, precioso y mortífero para los intereses españoles. Acto seguido, el base no pudo evitar alzar los brazos al cielo, a modo de aliviante celebración.

Y quizás un aviso: Serbia ha llegado, y piensa quedarse.



Nash por siempre
Publicado por Alex Oller. Septiembre 3, del 2010

Nash es un MVP para los Suns dentro y fuero de la pista.
NBAE/Getty Images
Acabose Agosto y, junto con la inevitable rentrée, siento un ligero aturdimiento propio de la resaca de un tinto de verano pasado de vino peleón. Quizás algo tenga que ver el incesante mareo del mercado de fichajes de la NBA, pienso. Que si LeBron esto, que si LeBron lo otro, que si LeBron hasta el Infinito y más allá… ¿O era eso Toy Story 3?

Da igual, me digo. He decidido borrar The Decision de mi memoria. Además, el fichaje más importante del verano, para mí, ocurrió mucho antes, y no obligó a tele maratón alguna, ni ríos de tinta impresa, ni descalificaciones a diestro y siniestro, ni, mucho menos, la depresión colectiva de un Estado.

Tampoco comportó un cambio de camiseta, claro.

¿Qué hubiera pasado en Arizona si Steve Nash hubiese decidido, tras un total de ocho temporadas con los Suns, llevar sus talentos (LeBron dixit) a Los Ángeles, por ejemplo?

Nunca lo sabremos.

Y esa es mi gran alegría del verano 2010: que el MVP de las temporadas 2005 y 2006 y entrañable ser humano, seguirá al menos una campaña más defendiendo la elástica de Phoenix. A sus 36 años, y tras otro portazo a un mero paso de las Finales de la NBA, el base canadiense decidió volver al ataque, al menos, hasta 2011. Mientras el cuerpo aguante, parece que el menudo y melenudo armador seguirá comandando una de las ofensivas más atractivas de la liga.
Buff... qué alivio.

¿Hay alguien que no se alegre con la noticia (o, mejor dicho, no-noticia)? Para mí que incluso su suplente, el habilidoso Goran Dragic, se reconforta de saber que compartirá vestuario un curso más con el nativo de Johannesburgo.

Y es que Nash no sólo ha sido un caramelo visual para los aficionados a lo largo de sus 14 años de carrera y, especialmente, su última etapa en el US Airways Center. Es cierto que ha creado escuela con su peculiar estilo en el manejo del balón y frenética conducción de la ofensiva; pero el dorsal 13 de los Suns ha sido tan o más estrella aún fuera de la cancha. Cualquier seguidor que haya cruzado palabra con él, cualquier periodista que haya tenido el placer de entrevistarlo, cualquier entrenador que le haya dirigido o cualquier compañero que haya compartido entrenamiento atestiguará de su inmensa calidad humana y excelente ejemplo para los más jóvenes.

No hay más que ver como reaccionaron en Dallas tras su marcha en 2004, o como sus actuales compañeros se alegraron por él tras eliminar por primera vez a San Antonio en los Playoffs. Y la franquicia también sabe de su inmenso valor antes y después de los partidos, ya sea exhibiendo un férreo compromiso con la comunidad (allí estuvo posicionándose sin tapujos en favor de los inmigrantes latinoamericana en la polémica ley de Arizona), o aleccionando a los novatos sobre los rigores del baloncesto profesional (cuenta, divertido, Jared Dudley como el capitán asiente o niega con la cabeza cada vez que ojean la carta en un restaurante).

Nash sigue y lo hace en Phoenix. Y los que amamos el baloncesto dinámico, alegre y competitivo, el deporte y valores como el respeto al rival, al compañero, a los árbitros y al aficionado nos alegramos por ello y proclamamos con gozo: “¡Nash, por siempre!”.



Simplemente ‘Pip’
Publicado por Alex Oller. Agosto 16, del 2010

Como Zidane en la final del Mundial 2006, Pippen cometió un grave error en los Playoffs de 1994... y lo superó para ganar tres campeonatos más.
NBAE/Getty Images
Me había propuesto no escribir nada sobre la inclusión al Salón de la Fama de Scottie Pippen. Uno debe reconocer a tiempo sus debilidades y no hay duda que una de las mías, e histórica, es la del fenomenal 33 de los Bulls, cuyo dorsal cuelga, majestuoso, desde hace un tiempo del techo del United Center. No soy objetivo, seamos sinceros, en cuanto se refiera a Pippen; o, llamado con más cariño, Scottie. Sino ‘Pip’ como le apodan los más cercanos. Como tiene tatuado en su piel.

Es por ello que pensé omitir juicio alguno sobre uno de mis favoritos tras la ceremonia. Al fin y al cabo, el nombramiento al Naismith Memorial habla por sí solo, y recién recuperé para este blog una vieja entrevista en que el ex de la universidad de Central Arkansas repasaba su gloriosa carrera deportiva. Con eso bastaba, ¿o no?

Pues, al parecer, resulta que a algunos sigue incomodándoles un tanto la figura de Pippen. Aún a estas alturas de la jugada, hay quien duda de la valía de un hombre que figura oficialmente entre los 50 mejores de la historia de la NBA y cuyo currículum envidiarían, al menos, 40 de ese medio centenar de superestrellas. Uno de esos críticos insensatos es íntimo amigo mío y acérrimo fan de los Knicks. Está bien… así ambos nos divertimos un rato. Pero cuando el que maldice es un supuesto analista profesional, la cosa cambia.

¿En serio que todavía estamos con la funesta teoría de que seguía la estela de Jordan? ¿En serio?

Primero: cualquier jugador en un equipo con Jordan hubiera seguido siempre su estela, se llamara Pippen, Magic, Barkley, Bird, Duncan o Diosenlatierra. Jordan era, es y será toda su vida un perro Alfa. ¿Significa eso que los demás tampoco hubieran sido dignos del Salón de la Fama o el club de los 50? Claro que no. Cualquiera de ellos se habría conformado con un rol secundario; como, de hecho, hicieron en el Dream Team de Barcelona’92. La única diferencia es que, quizás, no lo habrían bordado como Pippen. Punto a favor.

Segundo: Pippen protagonizó uno de los episodios más lamentables que se recuerdan al abandonar un partido de Playoffs con 1.8 segundos pendientes, porque el tiro decisivo no fue diseñado para él. Y, para mayor desgracia, lo hizo en la única temporada en que los Bulls le pidieron ejercer de perro Alfa, ausente Jordan ese año, tras su primera retirada. Este es el punto que más cuesta justificar de Pippen, pues su actitud nos decepcionó profundamente a todos. ¿Cómo defender su condición de compañero ideal, de líder silencioso y de jugador altruista tras semejante arranque de divismo? Pues de la misma manera que defendimos la locura transitoria de Zidane tras su cabezazo a Materrazzi en la final del Mundial 2006. Otro gesto deplorable que manchó irremediablemente a un jugador único y genial pero que, al mismo tiempo, nos lo volvio más humano y cercano. ¿Hubiéramos preferido otro final? ¡Claro! Pero ‘Zizou’ era así, y nadie discute hoy su condición de fuera de serie. Hasta esos 1.8 segundos finales, Pippen había realizado una temporada de MVP y, de no ser por una muy cuestionada decisión arbitral en esas series contra los Knicks, bien hubiera podido llevar a los Bulls a su primera corona sin ‘Air’. Pero la vida no siempre es tan bella, la historia no acaba siempre con un final feliz y nuestros ídolos no son perfectos e impolutos. Simplemente son. Se llamen ‘Zizou’ o se llamen PIp’ que, por cierto, se repuso para ganar tres campeonatos más. Punto pelota.

Tercero: el tierno y sincero discurso de Scottie el pasado viernes. Mientras el de Jordan, hace un año fue clásico ‘MJ’, destilando mala baba y desafíos a granel, su ya mítico escudero demostró una vez más que, si de algo anduvo sobrado desde que ingresó en la NBA hace ya 23 años, es de sentido altruista, elegancia, clase y buena voluntad. Lejos de atribuirse méritos, recordar gestas o aprovechar la ocasión para lanzar un mensaje a sus detractores, el ex de los Bulls, Rockets y Trailblazers consideró que lo mejor que podía hacer con su tiempo en el podio era, primero, felicitar al resto y recordar al fallecido Dennis Johnson, y luego, dar las gracias. Gracias a la NBA. Gracias a Jordan. Gracias a Steve Kerr, Randy Brown, Pete Myers… del primero al último de sus compañeros. Gracias a la directiva. Gracias a Phil Jackson y al resto de entrenadores y asistentes que tuvo en la NBA. Gracias a Don Dyer, su entrenador en la universidad y a Donald Wayne; su entrenador de Instituto. Gracias a su familia, a su esposa y a sus hijos. Gracias a su amigo el alma, Ronnie Martin. Gracias a sus patrocinadores, a los aficionados y así… Habrá quien piense que fue una muestra más de sumisión, quien sabe. A otros nos parece encomiable que uno diga al fin que “sí, escudero… y a mucha honra”. No es para menos. Y punto.

Felicidades ‘Pip’. Y gracias a ti.


“Nunca me importó jugar bajo la sombra de Jordan”
Publicado por Alex Oller. Agosto 6, del 2010

Scottie fue capaz de lo peor y lo mejor sin Jordan al lado, como cuando levantó el trofeo de MVP del partido del All Star en 1994.
NBAE/Getty Images
[Esta entrevista, realizada en mayo de 2004 y publicada por EL MUNDO DEL SIGLO XXI en agosto de 2004, fue cedida a NBA.COM con motivo de la próxima consagración de Scottie Pippen en el Salón de la Fama]

A sus 37 años y en unos Bulls muy diferentes a los que lideró a la conquista de seis campeonatos durante la pasada década, un renqueante Scottie Pippen se debatía recientemente entre un último arreón en Chicago y la retirada que finalmente confirmó este pasado martes.

Sus cuatro canas delatan una entrada en años que su delineada silueta camufla admirablemente, y su tímida mirada conserva la inocencia propia de aquel joven larguirucho y delgado que moldeó sus cualidades hasta convertirse en el escudero perfecto de Michael Jordan y uno de los cincuenta mejores jugadores del Siglo designados por la NBA.

Esta fue su primera temporada en 16 años de carera en que no jugó los play-off. ¿Se lo esperaba?
Estoy bastante decepcionado. Fue un año muy duro, pero ya sabía que sería un reto muy grande, tal y como han ido las cosas en Chicago desde mi marcha. Sabía en qué me estaba metiendo, así que tampoco voy a lamentarme ahora.

¿Le duelen más las derrotas que las rodillas?
A estas alturas me duele todo. Me gustaría estar junto a mis compañeros, y creo que si tanto yo como otros hubiéramos estado en condiciones las cosas seguramente habrían salido mejor.

¿El hecho de que está sea quizás su última temporada le ha permitido saborear más determinados momentos?
Siempre he disfrutado de una forma u otra, en los partidos o en los entrenamientos. La carga emocional estuvo allí, sobre todo al visitar ciertos pabellones, pero nunca lo vi como un ‘Tour’ de despedida, ya que aún no había tomado la decisión definitiva.

¿Cuál seria su mayor motivación en caso de seguir adelante?
Seguir jugando. Amo el baloncesto y esa pasión es la que me ha mantenido activo hasta ahora.

¿Acabar así le deja un regusto amargo?
En parte. Creo que todavía me queda bastante por ofrecer a este deporte y me sigo sintiendo útil. No he perdido el entusiasmo por competir o entrenar.

Su palmarés es difícilmente igualable: Seis anillos de campeón de la NBA, siete veces All Star, Oro Olímpico en Barcelona... ¿Cuál ha sido su momento de mayor orgullo profesional?
Ha habido tantos... Mi primera elección para el All-Star me hizo muchísima ilusión, pero los seis títulos con Chicago no los supera nada. Ganar a este nivel, frente a la competencia más fuerte del mundo, es la mayor recompensa que puede tener un jugador de baloncesto.

¿Y el peor?
Recuerdo el primer año sin Michael (Jordan), en 1994, cuando estuvimos a un paso de llegar a la final y perdimos el séptimo partido en Nueva York. La herida tardó en cicatrizar. La derrota siempre es lo peor.

¿Se arrepiente de algo?
Para nada. He jugado siempre con entusiasmo y he disfrutado de una gran carrera, así que no hay de qué arrepentirse. El baloncesto te ofrece tantos retos que es muy fácil relativizar los triunfos y los fracasos en su momento.

¿Si pudiera volver atrás en el tiempo y revivir una temporada, cuál elegiría?
La 1990-1991. Logramos nuestro primer título y fue un gran año para nosotros, muy divertido y emocionante. Nunca habíamos logrado pasar antes de la Finales de Conferencia y el sabor del triunfo era novedoso.

¿Y un partido?
También ese año. El quinto de las Finales en Los Angeles. Era nuestra primera oportunidad y no la desperdiciamos: Jugamos un gran partido, muy concentrados.

Si no recuerdo mal, usted anotó 34 puntos, rompiendo un poco con el arquetipo de “escudero de Jordan”.
Yo lo recuerdo más como el primer título, el sabor del triunfo.

Es una etiqueta que siempre le ha perseguido, injustamente quizás.
Nunca me importó jugar bajo la sombra de Jordan. Considero una suerte y un privilegio haber compartido con él gran parte de mi carrera profesional. Nunca me he fijado demasiado en lo que dice la prensa sobre mí.

¿Se rompió la dinastía prematuramente?
Particularmente, me hubiera gustado jugar juntos una o dos temporadas más y ver como respondíamos a las exigencias, con una edad más avanzada y las ganas del resto de la liga por derrotarnos.

¿Se arrepiente ahora de la decisión de abandonar Chicago?
Sin Michael, Phil (Jackson), y Dennis (Rodman), carecía de sentido quedarme para liderar un proyecto de reconstrucción. En ese momento era lo mejor para mí.

Fue de los primeros aleros en ejercer también funciones de base. ¿Siente que reinventó la posición en cierto modo?
Yo mismo seguí la estela de otros grandes aleros que eran muy buenos pasadores, pero siempre es una ventaja para cualquier jugador el poseer un buen manejo del balón. El hecho de que yo pudiera ejercer de base en determinados momentos añadió múltiples dimensiones a mi juego, y resultaron muy efectivas para mi equipo.

¿Qué entrenador colaboró más en su formación?
Mi mayor progresión llegó a nivel profesional, así que debería decir que Phil Jackson y sus asistentes, aunque batallar cada día ante un jugador como Michael en los entrenamientos también fue clave, sin duda.

No siempre fue fácil.
Fue duro al principio, todo un proceso de aprendizaje. Michael me retaba cada día, no sólo en el aspecto físico sino el psicológico, y hubo baches que fui superando a base de experiencia y perseverancia.

¿Qué le diría ahora a un joven Pippen, recién llegado a la NBA?
Que se tomara su trabajo en serio: Es su vida y de él depende el jugo que le quiera sacar. Cuando uno es joven, cuesta entender los sacrificios necesarios para triunfar en una liga tan exigente como esta. Hay que intentar estar siempre en plenas condiciones físicas y concentrado al cien por cien para dar lo mejor de sí mismo cada noche.

¿Qué opina de la nueva generación de jugadores?
El baloncesto ha evolucionado mucho en los últimos veinte años y su estilo es muy diferente al de nuestra generación. También la NBA ha cambiado ciertas reglas y hay que adaptarse a los cambios. No me desagradan, necesariamente.

¿Le gustan los jugadores europeos?
Mucho, sobretodo porque llegan con muy buenos fundamentos técnicos y confianza en sus cualidades y producen un impacto inmediato. Han evolucionado mucho en el aspecto psicológico: Ya no aterrizan tan intimidados como antes.

¿Es esa la principal diferencia respecto al pasado?
Europa siempre ha tenido muy buenos jugadores, pero antes les costaba mucho adaptarse y tenían miedo al fracaso. A base de medir sus fuerzas frente a más y mejores jugadores americanos, han ido confiando cada vez más en sus posibilidades y ahora pueden competir de igual a igual.

A lo mejor los que han cambiado son ustedes y les ven ahora con mejores ojos.
Funciona en doble dirección. Es verdad que les recibimos con escepticismo, pero forma parte del juego. Yo siempre exigí lo mismo de un jugador extranjero que de un rookie que acabara de ganar el campeonato universitario: Que me demostrase que podía jugar al nivel más alto.

¿Cuál fue el mejor europeo con el que jugó?
Seguramente Toni Kukoc. Cuando llegó a Estados Unidos tenía mucho talento pero tuvo que moldear su juego progresivamente, hasta convertirse en un jugador decisivo en la NBA. Sabonis también era muy bueno, pero fue una lástima que llegara en la última etapa de su carrera.

¿Y como adversario?
Petrovic era un fenómeno, pero me quedo con Stojakovic: Es un gran tirador, físicamente fuerte, defiende, lucha y entiende muy bien el juego. Es más completo.

¿Cómo le gustaría ser recordado?
Prefiero que me juzguen otros, pero creo que he sido un luchador y un trabajador nato a lo largo de mi carrera, y gracias a ello logré brillar y saborear la gloria.




Los nuevos viejos Celtics
Publicado por Publicado por Alex Oller. Junio 7, del 2010

Allen mantiene su elegante estilo... y la estela de grandes tiradores como Larry Bird.
NBAE/Getty Images
Acaba de finalizar el segundo partido de estas Finales de la NBA y, aparte de la innegable satisfacción post-ágape, saciado el apetito de buen baloncesto a estas alturas del año, la imperante sensación es la de un quisquilloso dejá vu.

Como aquel disco rayado que no podemos evitar poner una y otra vez (disculpas a la generación que jamás conoció el vinilo) el más reciente Celtics-Lakers evocó una vez más aquellos fantásticos duelos de la década de los ochenta (perdón, de nuevo…) en que McHale derribó a Rambis, Bird retaba a Magic y Pat Riley y KC Jones libraban partidas paralelas de ajedrez sobre el parqué.

Ven, cuando digo “buen baloncesto” no me refiero tanto a la estética como al ardor guerrero. Lo que me pide el cuerpo en junio es baloncesto competitivo, a cara de perro desde el salto inicial hasta la bocina y digno de las últimas dos semanas de una temporada que abarca unos ocho meses y tres rondas previas de Playoffs.

Y, para eso, pocos equipos como los Celtics. Ahora y siempre.

Ganaron el segundo envite en Los Ángeles porque impusieron su afilado colmillo sobre unos Lakers que no pecan precisamente de bisoñez pero cuya perdición, en ocasiones, es su excesivo gusto por la estética.

Lo sé, suena a tópico. Y tampoco es que Boston carezca de finura artística, como demostró una y otra vez la extendida silueta de Ray Allen en la primera mitad, todo un manual de tiro en tres dimensiones. Pero no me negarán que la tirada en plancha de Rajon Rondo frente a los Magic en la ronda anterior o los arrebatos de Nate Robinson en el sexto envite despertaron fantasmas del pasado.

Son los nuevos viejos Celtics. Los que ganaron el título en 2008… aunque no tanto. Kevin Garnett ya no es el mismo, eso queda claro; aunque a cuentagotas siga aportando destellos defensivos y alguna que otra imagen de su desmedido entusiasmo, como cuando chocó con su entrenador a mitad de cancha en un tiempo muerto.

Paul Pierce debe medir sus apariciones estrella, pero continua mostrándose como lo que siempre ha sido: una vedette capaz de cambiar el guión con un majestuoso golpe de teatro. El aura no se pierde.

Y el que sí no cambia es Allen; principalmente porque su estilo no lo requiere. Mientras sus piernas aguanten ese incesante correteo de media cancha, su muñeca hará el resto. El dejá vu que no quieren ver en Boston es el de Bird estirado en el banquillo con faja protectora. Y no se sospecha que Ray, más especializado y protegido que su antecesor, acabe así sus días.

Por lo demás, viva lo viejo con un toque nuevo. Innegociable la casta celta de Bill Russell y el duende mágico del derrumbado Garden, reflejadas hoy en la aguerrida defensa diseñada por Tom Thibodeau y el carisma del capitán, Pierce. Pero añadámosle una pizca de ‘Big Baby’ Davis, el aderezo picante de Robinson y mucha, mucha, mucha salsa Rajon. Que desborde el plato. Nueva estrella, vieja fórmula.

Rondo es, debe ser, la nueva cara de los Celtics, con posibilidades incluso de convertirse en el deportista referente de Boston en la actualidad, por delante incluso de Tom Brady o ‘Big Papi’ Ortiz. Y no lo demanda tanto su talento como ese intangible instinto para salir airoso de las refriegas más feas. Cuando peor es el partido, cuando más enmarañado está el juego, más posibilidades tiene el base de hacerse con el balón y crear una canasta inverosímil. Y, así, los Celtics de ganar el partido.

¿Suena a viejo?


Magia en Washington
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 20, del 2010

Mikhail Prokhorov, Irene Pollin y Jrue Holiday
NBAE/Getty Images

Ya tocaba.

Por fin una buena nueva en Washington, la ciudad que, deportivamente hablando, anda sumida en la miseria desde…

…bueno, desde casi siempre que yo recuerde.

Cuesta rememorar tiempos felices en la capital de los Estados Unidos en lo que a sus equipos profesionales se refiere; o hasta universitarios, si me apuran. Para buenas vibraciones, deberíamos seguramente remontarnos a los tiempos del gran Bernard King o el legendario Wes Unseld con los Bullets [futuros Wizards]; o aquellos Redskins de Joe Gibbs en los ochenta, ganadores de una Superbowl con el pionero Doug Williams en el puesto de quarterback.

Pero eso es todo, amigos. Desde entonces, miseria y más miseria. Sobre todo en los últimos años. Salvando el oasis de la vuelta de Michael Jordan a las canchas con el equipo de Abe Pollin, una larga y dura travesía en el desierto.

¿Los Redskins? Un desastre desde que se hizo con el poder Daniel Snyder, que inicia su enésimo proyecto la próxima temporada de la mano de Donovan McNabb y la cabeza de Mike Shanahan. Buena suerte…

¿Los Capitals? Cuentan con uno de los mejores, sino el mejor, jugador de la NHL en Alexander Ovechkin, fueron el mejor equipo de la temporada regular y partían como favoritos en los Playoffs… hasta volver a fallar en el momento de la verdad, con 3-1 de ventaja en la serie contra los supuestamente inferiores Canadiens y caer eliminados. ¿Historia? Sí, pero de la mala; como en el Día de la Marmota.

¿Los Nationals? Por favor, siguiente…

¿Y los Wizards? Repasemos rápidamente: 1) No alcanzan los Playoffs desde 2008 ni superan la primera ronda desde 2005. 2) Pollin, su propietario por casi medio siglo, falleció el pasado noviembre. 3) Esta campaña, su jugador estrella, Gilbert Arenas, fue sentenciado a prisión y suspendido tras mostrar armas de fuego en el vestuario. 4) Su joven promesa, Andray Blatche, se negó a jugar en un partido ante el requerimiento del técnico, Flip Saunders. 5) La gerencia traspasó a mitad de curso a las principales bazas ofensivas restantes, Caron Butler y Antwan Jamison, a cambio de migajas. 6) Ah… y en lo referente al ansiado mercado de agentes libres este verano, perspectivas más bien magras; por decirlo amablemente.

En definitiva, para un aficionado deportivo en Washington era probablemente más emocionante seguir las evoluciones del nuevo plan de salud de Barack Obama en el Congreso que a cualquiera de los equipos anteriormente mencionados.

Hasta la pasada noche del miércoles.

En una jornada mágica para los Wizards en Secaucus, Nueva Jersey, la franquicia capitalina ganó insospechadamente la lotería del Draft de la NBA, asegurándose prácticamente los servicios del codiciado John Wall para la próxima temporada. Partían con tan sólo un 10% de posibilidades de hacerse con el potencial jugador-franquicia que tanto necesitaban pero, por una vez, el destino pareció sonreírle a Washington.

Poco importa hoy que queden preguntas por resolver sobre el propio Wall, un base de ilimitado talento pero falto de títulos en Kentucky, o que se antoje incompatible en un hipotético perímetro con Arenas…

Hoy, al fin, —¡Abracadabra! — devuelven la sonrisa en la capital.


Un Draft con truco
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 10, del 2010

Joakim Noah
La NCAA pretende que sus jugadores decidan retirarse del Draft antes del 8 de mayo y ¡sin saber siquiera cual será el orden de selección de las franquicias que determina la NBA Lottery 10 dias después!.
NBAE/Getty Images
Pensábamos que andábamos de enhorabuena últimamente. Ya saben, con el buen nivel de los actuales Playoffs, el maravilloso torneo universitario que disfrutamos en marzo y la perspectiva de jóvenes promesas como John Wall o Evan Turner ingresando en el próximo Draft de la NBA.

Y entonces apareció la NCAA.

Otra vez.

Hay más de una institución deportiva que me irrita históricamente; la UEFA y la FIFA son un ejemplo, pero ninguna llega a los niveles de la NCAA. Latente siempre el debate sobre la hipocresía de una organización que explota sin piedad los derechos de los que cínicamente denomina alumnos/atletas (ver: O’Bannon, Ed/videojuegos), parece que lo único que realmente les interesa a sus dirigentes es: 1. Generar cuantas más ganancias mejor para sus afortunados y contados benefactores. 2. Estropear sin miramientos un producto que debería funcionar solo (ver: ampliación del torneo por el campeonato a 96 participantes) y 3. Desafiar a la NBA, sin sentido alguno y a costa de esos mismos jóvenes a los que, se supondría, pretende preparar para la vida adulta. Por ese orden.

¿Su última locura?: Avanzar la fecha límite de elegibilidad para el próximo curso universitario al inminente 8 de mayo. Parece inofensivo, ¿no? Pues es de todo menos eso: bajo el pretexto de darles a las universidades un mayor tiempo para planificar la siguiente temporada (que no curso…), lo que ahora hacen esos machotes de la NCAA es básicamente presionar a sus propios jugadores quienes, en vez de tener unos 90 días para declararse elegibles para el Draft de la NBA (que mantiene su límite del 14 de junio, apenas 10 antes, para retirarse del proceso), ahora deben decidir si dar el salto o no antes de ese 8 de mayo. De no haber optado entonces por volver a la universidad para otro año académico, verían cerradas las puertas de esa supuesta alma mater que, ya puestos, podría variar la denominación a caníbal mater.

¿Era esto realmente necesario? Claro que no.

Esos mismos jugadores de instituto que los entrenadores de Kentucky, Ohio State o Maryland quieran cortejar para el año que viene seguirán estando disponibles bien pasada esa fecha para que los técnicos puedan convencerlos de ingresar en su programa. En cambio, un jugador universitario de medio perfil que pretenda tantear su proyección en el Draft antes de decidirse por una u otra opción verá prácticamente anulada esa posibilidad y será, consecuentemente, lanzado al vacío por esa NCAA que dice velar tanto por sus intereses. “Lo sentimos chaval, pero nos urge buscar a otro para que ocupe tu puesto. Buena suerte…”.

Salvando a los John Walls o Evan Turners de cada año, ya es lo bastante difícil hoy en día evaluar donde va a encajar una promesa en la ronda de selecciones. Y si los candidatos y sus agentes no tienen la oportunidad de entrevistarse y probar con los equipos de la NBA, menos idea tendrán todavía; por no decir ninguna. ¡Ni siquiera sabremos el orden de selección el 8 de mayo, con el sorteo a celebrarse a 10 días vista! No hay un solo general manager en la actualidad que sepa a quien vaya a escoger el próximo 24 de junio en Nueva York. Repitan conmigo: Ni uno solo.

Y pese al desconocimiento y los temores, la inercia natural de un deportista siempre es la del atrevimiento y la confianza desbordada. ¿Cuál será el resultado?: montones de jugadores del montón inscribiéndose en el Draft y desatendiendo la absurda fecha límite impuesta por la NCAA… como ya estamos viendo, de hecho. ¿Y qué pasará cuando, inevitablemente, muchos de ellos se topen con la cruda realidad de que no están listos para ingresar en la mejor liga del mundo? Pues que deberán buscarse la vida como sea en otras competiciones o, sencillamente, en otras profesiones, cerrada para siempre su etapa colegial. Lo dicho: “Buena suerte…”.

Una vez más, y con todos ustedes: La NCAA.


Noah o el límite
Publicado por Publicado por Alex Oller. Abril 24, del 2010

Joakim Noah
Desde que aterrizó en la NBA hace tres años, Noah no ha dejado de sorprender dentro y fuera de la cancha.
NBAE/Getty Images

Se llama Joakim, mide 2’11 metros, pesa unos 105 kilos y rebosa entusiasmo 24/7, ya sea sobre la cancha, en la sala de prensa o en la playa. Joakim Noah (sí, el hijo del famoso tenista) no entiende de reservas, corrección política o medias tintas. Él va a tope, siempre… Jugando al límite y con el límite.

A estas alturas habrán escuchado o leído ya su polémico arrebato sobre la ciudad de Cleveland, tras el primer partido de la serie de sus Bulls contra los Cavaliers de LeBron James. Seguro que los aficionados que acudieron al Quicken Loans Arena, y que lo abuchearon con saña cada vez que tocó el balón, recordaron también su rifi-rafe verbal, meses atrás, con el adorado 23, cuando el ultra competitivo Noah se ofendió tras una de las entusiastas celebraciones del ídolo local.

Para los seguidores de los Bulls, no fue ninguna sorpresa ver que su joven pívot fue el líder de la revuelta entonces. Al fin y al cabo, desde que fuera seleccionado en novena posición del Draft 2007 y apareciera ataviado de uno de los trajes más estrambóticos que se recuerdan a estrechar la mano del comisionado David Stern, Noah ha seguido dando la nota en Chicago, ya fuera cuando sus propios compañeros le impusieron una sanción por insubordinación en su temporada de novato, o en su reiterado trato informal y jocoso con los dirigentes, empleados y aficionados.

Y a todos les ha robado el corazón.

El francés es el típico jugador que quieres siempre en tu equipo y odias como rival… sólo que no es un jugador tan típico.

No muchos apostaban por él como estrella en la NBA tras abandonar la universidad de Florida con dos títulos universitarios en su currículum. Y era comprensible: el líder espiritual de aquellos Gators basaba gran parte de su éxito en el esfuerzo constante y un desaforado dinamismo a ambos lados de la cancha, pero no destacaba precisamente por un rico arsenal ofensivo y su mecánica de tiro, por llamarla de alguna manera, amenazaba con romper alguna que otra lente de Alta Definición.

Pero es que el valor de Noah va mucho más allá de lo estético, como apuntaría su desenfrenado bailecito de media cancha tras ganar su segundo título de la NCAA. El general manager de los Bulls, John Paxson, advirtió en el joven pívot a un ganador nato y pasó por alto sus claras deficiencias técnicas cuando decidió traerlo a Chicago. Y nadie se arrepiente tres años después de la decisión tomada.

Si bien Derrick Rose ha asumido con nota sobresaliente el papel de jugador franquicia y Kirk Hinrich se mantiene como líder silencioso en el plantel de Vinny Del Negro, Noah se ha ganado a pulso el reconocimiento como uno de los mejores postes de la liga y el corazón latiente de estos Bulls que, desde su primera victoria en la serie ayer, amenazan con descolgar a la favorita Cleveland.

Ya lo lograron el año pasado ante los campeones Celtics, a los que retaron en una memorable serie a siete partidos en la que Noah selló su pasaporte hacia la élite de la NBA. Y no es ninguna sorpresa que el melenudo despeinado haya sido el primero en meterse bajo la piel de los Cavs y su líder, un LeBron al que se nota levemente irritado cada vez que se le acerca el larguirucho Joakim. Algo es algo.

No nos confundamos, Noah se equivocó al criticar la ciudad de Cleveland pero, para un jugador acostumbrado a jugar al límite y con el límite, el jab verbal fue sólo parte del juego. Y por sinceridad no será, pues tampoco se cortó un pelo al tildar de “jugador sucio” a Kevin Garnett días después. Noah para todos, que no falte.

Puede decirse que el único debate en el que no ha entrado el francés últimamente es precisamente en el que más le atañe: la publicitada pelea entre Paxson y Del Negro sobre su límite de minutos tras la fascitis plantar que le ha mermado durante la segunda parte de la temporada.

Preguntado, precisamente, sobre ese límite en particular, Noah se decantó inusualmente por el “no comment”. Una señal de que, al fin y al cabo, quizás no sea tan atolondrado como algunos pretendan hacernos creer.


Skiles: de raza, coach
Publicado por Publicado por Alex Oller. Abril 17, del 2010

Scott Skiles
El estilo de Scott Skiles siempre fue el de darlo todo, en la cancha y en los banquillos.
NBAE/Getty Images
Fue una noticia dolorosa, si bien no forzosamente inesperada, la de su destitución como técnico de los Bulls la Nochebuena de 2007. Scott Skiles no merecía semejante salida de Chicago, la franquicia que logró sacar del pozo a su llegada en 2003 a base de, entre otras cosas, exigir unos mínimos de esfuerzo, profesionalidad y amor propio a sus jugadores.

Pero, como otros antes, los Bulls decidieron entonces que el ciclo del nativo de Indiana había concluido, sin exhibir más motivos que el de un supuesto ‘burnout’ de una plantilla que parecía dar un paso atrás después de encadenar tres presencias de Playoffs consecutivas de la mano del fiero coach. Los primeros desde la retirada de Michael Jordan, por cierto.

Skiles se quedó sin oficio pero no sin beneficio, pues aparte de la compensación económica, se llevó con él la adquirida sabiduría de haber conducido a su equipo “del Punto A al Punto B”, como adujeron entonces desde los despachos del Berto Center. El problema es que el actual entrenador de los Bucks está capacitado para mucho más que eso, como estarán apreciando muy bien en Milwaukee. Y es por ello que tiene mi voto para el galardón de Coach del Año.

¿Alguien contaba a principios de temporada con que los Bucks estarían donde están ahora: clasificados para los Playoff y nada menos que en la sexta posición del Este, emparejados con Atlanta? ¿Alguien lo hubiera adivinado a media campaña, cuando perdieron a su mejor jugador en Michael Redd? ¿Y quién hubiera apostado por Andrew Bogut como uno de los mejores pívots del campeonato?

Todo ello, no se engañen, es gracias a la mano firme (que no mágica) del mismo tipo que aportó la necesaria dosis de realidad y sinceridad en sus dos anteriores paradas: Chicago y Phoenix, de donde también salió por la puerta de atrás, supuestamente por acabar desgastando a jugadores como Jason Kidd.

Algo arisco frente a los micrófonos, Skiles siempre careció de mano izquierda, y sin embargo se reveló como excelente conversador lejos de las cámaras durante su etapa en Chicago; y aún recuerdo un par de perlas ‘on the record’, como cuando le inquirimos sobre lo que debía hacer Eddy Curry para mejorar sus prestaciones reboteadoras. Tras una breve pausa, levantó la cabeza y espetó el siguiente monosílabo: “Jump”.

Brillante.

También hubo una afilada crítica al talentoso pero letárgico jugador de segundo año Tyrus Thomas: “Sólo le pedimos que, tras un rebote, esprinte al máximo de un lado al otro de la cancha. A mi entender, no lo ha hecho ni una sola vez desde que llegó aquí”.

Brutal.

Se entiende que tan franco estilo no sea el más popular entre los jugadores pero, ¿le convierte eso en un mal técnico? Muy al contrario. Como tantos otros grandes estrategas, Skiles fue un jugador ciertamente limitado en la década de los 90. Un base corto de estatura, velocidad y agilidad que tuvo que ganarse el pan en los Magic siendo más listo, duro y persistente que sus rivales. Y esa misma pericia es la que le ha convertido en uno de los mejores entrenadores de la NBA, sino el mejor.

De su poco lustrosa carrera sobresalen, sin embargo, dos grandes hitos. El primero figura en el libro de estadísticas, pues ese calvo bajito sigue conservando el récord de asistencias en un partido, con 30 frente a Denver en 1990. No está mal en cuanto a visión de juego, ¿no? El segundo no se lee en su biografía personal de la NBA pero sigue retumbando en los vestuarios: Skiles, cercano a los 1,75 metros y 70 kilos en 1994, no tuvo reparos en liarse a tortazos con el entonces jovenzuelo Shaquille O’Neal (2’15 y 140 kilos) durante una riña en un entrenamiento. Unos 40 centímetros y 70 kilos de diferencia. ¿Les vale como prueba de hombría?

Veo a los Bucks de hoy en día y veo a un equipo preparado física y mentalmente, que sale de los tiempos muertos con las ideas claras y la certeza de que la jugada producirá una buena opción de tiro. Veo a un equipo ciertamente capaz de ir más allá del punto B y veo a un equipo generoso en el esfuerzo, solidario y corajudo, que refleja perfectamente la personalidad de su entrenador.

Veo a un equipo de raza, como su coach.


Hablemos de 'Luifa'
Publicado por Publicado por Alex Oller. Marzo 22, del 2010

Luis Scola
Scola ha mejorado en sus tres temporadas en Houston, y nada indica que su rendimiento vaya a decaer próximamente, bien al contrario.
NBAE/Getty Images

Hace cosa de unos días, Manu Ginóbili volvió a recordarnos, por si nos habíamos olvidado algunos, que sigue siendo un jugador de primer nivel en la NBA con una deslumbrante actuación en Cleveland.

Y, ya más recientemente, fue su compatriota, Luis Scola, quien nos dejó un par de demostraciones para el recuerdo con sus 44 puntos ante los Nets y, tres jornadas más tarde, 25 tantos con 21 rebotes frente a los Timberwolves.

Ambos jugadores tienen en común el pasaporte, esa raza de baloncestista puro y competidor nato, y la certeza de que el entorno de la NBA no siempre ha sabido reconocer su inmensa calidad. Y quizás nunca lo haga del todo, aunque ambos son demasiado orgullosos como para quejarse publicamente. Tanto el bahiense como el bonaerense han tenido que ganarse a base de sufridas batallas el, aún, insuficiente crédito que muchos les otorgan. Y no es victimismo. Es realidad.

'Luifa', que anda pisando el trecho marcado por Manu años atrás, siempre fue uno de los mejores jugadores de la competitiva ACB en España. Su equipo, el TAU Vitoria, ganó un campeonato y tres Copas del Rey con el argentino, que se llevó el MVP de la liga en 2005 y 2007. Pese a elegirlo en el puesto 55 del Draft de 2002, los Spurs no le quisieron dar oportunidad siquiera de vestir la misma camiseta que Ginóbili y Fabricio Oberto y traspasaron sus derechos a los vecinos Houston Rockets cinco años más tarde. ¿Demasiados argentinos en un mismo equipo? Fuera cual fuese la razón, sigue tratándose de uno de los peores errores de la casi impoluta gestión del avispado RC Buford.

Goza ahora de los resultados del trueque su homónimo en Houston, Daryl Morey, quizás el general manager que mejor rendimiento le saca a sus recursos en la liga. Algo sabía el directivo en 2007 que el resto no, aunque cueste de creer dada la calidad mostrada por el ala-pívot, tanto en el conjunto vasco como con la selección albiceleste, a la que capitaneó el pasado año en Premundial de Puerto Rico, lográndo el pasaporte a Turquía 2010.

Scola anotó el otro día 44 puntos y eso es algo que suele captar la atención de los resúmenes deportivos. En parte porque se trata de una gesta al alcance de muy pocos en la NBA. Pero los que siguieron su trayectoria desde que aterrizara en tierras texanas no se sorprendieron demasiado: 'Luifa' siempre dió la cara con el conjunto espacial, primero aplicándose en las tareas de intendencia, como defender a cara de perro a los monstruos de la pintura, coleccionar rebotes o correr la cancha como un poseso a pesar de saber que muchas veces no sería recompensado con el balón. Adquirido el crédito, como antes hiciera Ginóbili en San Antonio, actualmente está afirmándose como segunda o primera opción de ataque sin Yao Ming de comparsa. Y demostrando que anda sobradamente capacitado para rendir en ese rol.

Ha mejorado sus estadísticas en sus tres temporadas en Houston, acumulando más partidos que nadie, y nada indica que su rendimiento vaya a decaer próximamente; bien al contrario. Si realizaran una encuesta por los pasillos del Toyota Center preguntando cual es el jugador más estimado por aficionados, empleados, compañeros y cuerpo técnico, la respuesta sería Scola; no lo duden.

Con 29 años, el reconocimiento le llega algo tarde al argentino, pero por fin se habla de él como uno de los mejores en su puesto. Ya era hora, 'Luifa'.


Manu, como buen tango
Publicado por Publicado por Alex Oller. Marzo 09, del 2010

Caron Butler
A Manu, en esta ocasión, sólo le faltó girarse hacia la mesa de anotadores y encojerse de hombros como Jordan en las Finales de 1992.
NBAE/Getty Images

Escuché hace apenas unas semanas un respetado analista de NBA comentar que Manu Ginóbili ya no es lo que era. "No salta como antes. Ya no se puede decir que esté sobrecualifiado para ejercer de sexto hombre", sentenció.

Puede ser. Aunque, después de lo visto anoche en el Quicken Loans Arena, suerte intentando explicárselo a los aficionados de los Cavaliers.

38 puntos de todos los colores anotó el de Bahía Blanca ante los de LeBron en una causa perdida, pues los Spurs acabaron claudicando un partido que tenían a tiro (nunca mejor dicho) gracias a las heroicidades de Manu, revertido a su estado de forma Vintage 2005.

No es ya aquel frenético 'El Colisión', como le apodara entonces el chistoso Brent Barry, cierto; pero Ginóbili demostró una vez más que el colmillo no envejece, sino que se afila. Que un buen tango no chirría por más veces que se escuche, sino todo lo contrario. Y si al cantante no le llega la voz, pues tira de sentimiento y saber estar, que de eso se trata al fin y al cabo.

Ginóbili respondió como sólo hacen los grandes en un gran escenario: el del mejor equipo de la liga con el considerado mejor jugador del planeta. Aunque James no participara ante San Antonio, bien haría el apodado 'King' en fijarse en el juego del triple campeón que, a sus 32 años, tiró de repertorio para fusilar una y otra vez la defensa de los pupilos de un impotente Mike Brown. Sobretodo desde larga distancia.

La aparente facilidad con que el argentino convirtió sus siete triples evocó aquella lejana noche de 1992, cuando su admirado Michael Jordan clavó seis en la primera mitad de las Finales ante Portland. A Manu, en esta ocasión, sólo le faltó girarse hacia la mesa de anotadores y encojerse de hombros. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Porque lo hizo absolutamente todo en un partido de lo más desmoralizador para su entrenador, Gregg Popovich, que vio como su equipo malgastó una de las mejores actuaciones individuales de la temporada. ¿Si los Spurs no baten a Cleveland con LeBron en la banca y cuando su escolta se desata de tal manera, cómo van a hacerlo en las Finales? Con la vuelta de Tony Parker no creo que baste.

Le matizaría a mi querido analista que los que han perdido punch son los Spurs, no tanto Manu: Duncan fue casi irrelevante, Bowen ya no está y Parker vio el partido vestido de largo. Y no se trata tampoco de estar sobrecualificado para ejercer de sexto hombre, pues el capitán de la albiceleste ha demostrado sobradamente que le resbala cualquier etiqueta.

Si se trata, en efecto, de "jugar para ganar el partido", como en su día aclaró el bueno de Herm Edwards en la NFL, Manu debe seguir considerándose entre los mejores... ¿o es que preferirían tenerlo enfrente en una pachanga improvisada en la cancha de la esquina?

Ayer su equipo no salió victorioso, pero ganamos todos con su memorable recital de fintas, tiros, robos, asistencias y pundonor. Otro más que añadir a su gloriosa discografía. Y creo que hablo en boca de los amantes del buen baloncesto, el tango, el vino y lo gozoso en general cuando digo:

"Manu, otra nomás, che... dale".


Dallas dice 'presente'
Publicado por Publicado por Alex Oller. Febrero 20, del 2010

Caron Butler
Dallas confirmó que sigue pensando en presente con la adquisición de Caron Butler.
NBAE/Getty Images

Mucho se esperaba de la fecha de límite de traspasos de la NBA este, ya pasado, 18 de febrero. Y bastante pasó, aunque ni de lejos lo acorde a la fanfarria desatada en las últimas semanas.

Cleveland incorporó a un anotador valioso en Antwan Jamison, Dallas confirmó que sigue pensando en presente con la adquisición de Caron Butler; y Chicago, en futuro con el descarte definitivo del inestable Tyrus Thomas y el inconsistente John Salmons.

¿Y los Knicks? Lograron el objetivo marcado por su GM, Donnie Walsh: soltar lastre contractual a cambio de un jugador de renombre como Tracy McGrady y su cotizada ficha, que expira justamente el próximo verano. Precisamente cuando se espera que los del Madison Square Garden pujen por los servicios de los mejores agentes libres disponibles.

Concretamente, un tal 'King' James.

LeBron queda libre en junio de 2010, ya lo saben. Como Dwyane Wade, Chris Bosh y Joe Johnson. Y la gran mayoría de movimientos de los equipos antes de la fecha limite han sido efectuados pensando en la posibilidad de pescar a uno de los cuatro 'cracks'. Dallas fue la excepción, a mi juicio; y la única franquicia dispuesta a alterar su perfil de cara a la obtención del campeonato actualmente en disputa, en caso de que a alguien se le haya olvidado semejante detalle. Con el cambio de Josh Howard por Butler y Brendan Haywood intentan al menos romper con un estilo que no les acababa de cuadrar en postemporada. Yo particularmente, apuesto por unos grandes playoffs del ex alero de los Wizards y una final de conferencia la mar de apasionante frente a Lakers.

Mejoraron un tanto también los Cavs, hay que decirlo, con la llegada de Jamison, un jugador refinado que debería complementarse la mar de bien con James, dado su potente arsenal ofensivo y el hecho de que a Mike Brown le sobran intendentes para las labores menos agraciadas. De su adaptación al sistema dependerá en buena parte el éxito de Cleveland y, consecuentemente, la esperada decisión del 23 sobre su futuro en Ohio.

Buena mención merecerían también Portland, con la adquisición del veterano Marcus Camby por Steve Blake y Travis Otlaw; Houston, con la llegada del tirador Kevin Martin y Jared Jeffries y Jordan Hill, procedentes de la Gran Manzana; y al mismo tiempo, Sacramento, que soltó a Martin pero sólo para darle las riendas al prometedor 'rookie' Tyreke Evans. Al menos los Kings tienen un plan, o eso parece.

Se supone que también lucen hoja de ruta los Knicks y los Bulls, junto a la mitad de equipos de la liga, esperando la llegada de la agencia libre. Pero a mi juicio fueron los grandes perdedores del periodo de traspasos sino contamos a Miami, que fracasó en su intento por rodear mejor a Wade. Es posible que Walsh y Gar Forman logren su objetivo de fichar a una de las superestrellas al término de la presente campaña, pero me parece que hay algo de poco honroso, bastante de cobarde y mucho de arriesgado en semejante táctica. Por no recordar que Chicago ya lo intentó una vez tras la retirada de Michael Jordan con resultados desastrosos y Nueva York no anda precisamente sobrado de paciencia.

Si un GM debiera sentirse especialmente orgulloso tras la jornada del jueves, este debería ser Donnie Nelson, de Dallas. Al menos alguien miró de reojo el calendario deportivo y se atrevió a decir una palabra que vale por mil cambios: 'Presente'.


Nada es fácil en Big Easy
Publicado por Publicado por Alex Oller. Noviembre 15 del 2009

Chris Paul
Mala señal cuando el principal argumento del jugador franquicia para mantener al técnico es de carácter personal, como fue el caso de Paul con Scott.
NBAE/Getty Images

A mi nunca me acabó de convencer Byron Scott como técnico. Y, ya puestos, tampoco me emocionaba demasiado como jugador.

En los Lakers fue pieza clave escoltando a Magic Johnson en los 80, pero la imagen que perdura en mi impresionable disco duro es la de un tirador de muñeca temblorosa en las Finales de 1991 frente a los Bulls de Michael Jordan. Y, si había algún defensor lo suficientemente atlético en el conjunto californiano como para intentar seguirle el rastro a Air, ese era el número cuatro. Pero las extremidades superiores no eran las únicas que le fallaban entonces a Scott: las piernas, y es de suponer que hasta el corazón, andaban hechas un flan.

Esa falta de coraje en corto parece que la intentó paliar luego vestido de largo en los banquillos de Nueva Jersey y, hasta el pasado jueves, Nueva Orleans. El nativo de Utah llegó a alcanzar dos Finales consecutivas con los Nets en 2002 y 2003 y apuntó destellos estratégicos en ocasiones; o por lo menos de hombre comprometido con la causa. Pero al final, en su última aventura con los inestables Hornets, Scott se hundió víctima de su propia imagen: relajado a la par que distante y algo tozudo en sus planteamientos, a la hora de la verdad no le bastaron sus intentos de acercamiento a una plantilla sin duda cualificada para dar el siguiente paso y probablemente más necesitada de estimulo estratégico que paternales palmaditas en el dorsal.

Estrepitosamente eliminados la pasada campaña en primera ronda de Playoffs con una históricamente embarazosa derrota de 58 puntos de por medio, a Chris Paul y compañía les urgía un mariscal con mapa y actitud. El carácter de su ya ex técnico siempre fue, a mi modesto entender, cuestionable; y el rumbo hace tiempo que lo perdió por las turbias marismas del Bayou.

No significa esto que Scott esté, ni mucho menos, acabado como entrenador. Muchas de sus buenas cualidades serán seguramente valoradas por otros equipos en el futuro; y es probable que aprenda de sus errores y acabe floreciendo como estratega en alguno de ellos. Dedicación y ambición no le faltan, pero muy probablemente le falle el discurso. Un problema subsanable, desde luego… al contrario de los dos anteriores

Peco quizás de excesivo recelo cuando atisbo la perturbadora etiqueta de 'Player's coach' que tantas veces ha sido asociada a la figura del ex Laker. ¿Qué significa exactamente? ¿Qué el entrenador es de los jugadores? ¿No queda difuminada, con ese acercamiento, la esencial barrera entre el capitán y la tripulación, el jefe y el subordinado, el maestro y el alumno? No recuerdo, en la escuela, que nadie me hubiera asignado alguna vez un profesor. De haberlo hecho, a saber de que manera hubiese dispuesto de él. Se me ocurren algunas, pocas de ellas educativas a largo plazo.

Las primeras alarmas saltaron en la pasada postemporada en Nueva Orleans con el descalabro frente a los Nuggets ante su propia afición e incrementaron resonancia en la presente al acumularse resultados en contra por dobles dígitos de diferencia. Había que hacer algo, y los jugadores han sido los primeros en reconocerlo.

Mala señal, sin duda, cuando la mitad mira hacia otro lado el día del despido y el principal argumento del jugador franquicia para mantener al técnico es de carácter personal. Esa misma proximidad que unió a Scott y Chris Paul y el resto de jugadores fue la que les impidió trabajar juntos y rendir al máximo de sus posibilidades en los últimos tiempos. Que el ex Laker y la directiva no compartieran la misma filosofía a la hora de trabajar con los más jóvenes no hizo más que incrementar el problema. Al final, como bien reconoció Paul una vez avisado del cambio, de lo que se trata es de cumplir con las expectativas creadas. Es decir, ganar.

"Creo que tenemos que ser receptivos", opinó el capitán. "Quizás el sistema cambie, pero sigue tratándose de baloncesto. Yo voy a salir a trabajar lo más duro que pueda cada partido, y sé que el equipo hará lo mismo".

No espero menos. Al fin y al cabo, nadie dijo que fuera a ser fácil en Big Easy.


Empieza una nueva era
Publicado por Publicado por Alex Oller. Octubre 25 del 2009

Chris Paul
Tras rozar el MVP en varias ocasiones, Chris Paul se ha convertido en uno de los grandes embajadores de la NBA.
NBAE/Getty Images

  En el calendario tendrán bien marcada desde hace tiempo los buenos aficionados al baloncesto la fecha de este próximo 27 de octubre, y es que se trata precisamente del día en que se dará el pistoletazo de salida a esta nueva y excitante temporada de la NBA.

Lógica ansiedad pues, la que nos consume en esta última cuenta atrás de cara a retomar el contacto con la liga, disfrutar de esa primera semana de sorpresas, rachas inesperadas, tropiezos llamativos, puesta de largo de los rookies y, también, alguna que otra variedad en el look y los uniformes.

Pero más allá de la renovación de nuestra ilusión anual por el baloncesto high definition, suma también, en esta ocasión, la sensación de encontrarse ante un significativo punto de inflexión en la historia de la NBA. Se trata, al fin y al cabo, de una liga que siempre se ha movido entorno a eras muy marcadas: desde el oscurantismo de los años 60 bajo el dominio de los Celtics de Bill Russell, a la crisis existencialista de los 70 con la fusión de la folclórica ABA y primeros atisbos de superstars transgresores como el Doctor J. O la revolución televisiva de los ochenta liderada por Larry Bird, Magic Johnson y mercantilizada al máximo en los noventa gracias a Michael Jordan y el Dream Team. Y, finalmente, el énfasis en la globalización sin límite con la consolidación de jugadores como Yao Ming, Dirk Nowitzki, Tony Parker, Manu Ginbili o Pau Gasol tras el cambio de milenio.

A punto pues de cerrarse la década la gran expansión y pese a la crisis económica mundial que nos azota, puede decirse que la NBA encara con sobrada ilusión y confianza el último reto de solidificar y potenciar su presencia en Internet; la que debe posibilitar que un mayor número de seguidores sigan las evoluciones de sus equipos sin apenas límites de tiempo y distancia. Ver los partidos mediante un portátil y aumentar la participación, abrir la liga al mundo, dar el gran salto, en definitiva, es el siguiente objetivo. El comisionado, David Stern, bien lo sabe y así lo desea, confiado como está en sus posibilidades; seguramente porque sabe ya que la primera batalla la tiene ganada de antemano. Y es que el producto bien vale la pena.

Y no hablamos aquí de lo obvio: ese marco abrillantado y pulido hasta el destello desde que iniciara su andadura al frente de la liga en 1984. No.

Me refiero al producto. Los jugadores y los equipos. Los protagonistas. Un cartel que pinta de lujo. Y no sólo para la campaña 2009-2010.

Stern sabe que la liga dispone de jugones, por usar ese brillante término que acuñó el tristemente desaparecido Andrés Montes, suficientes para garantizar un guión que enganche a las siguientes generaciones y mantenga en vilo a las precedentes. Suficientemente buenos y suficientemente jóvenes como para garantizar la calidad de la superproducción durante una década más. Y, también, suficientemente variados.

Ya hemos gozado del juego de la mayoría de ellos estas últimas temporadas, aunque se nos cuele también algún que otro rookie en el reparto que debe mantenernos enganchados durante los años venideros. En un primer listado, por posición, de jugadores jóvenes cuyo máximo potencial no ha sido alcanzado todavía, contaríamos a los bases Derrick Rose, Deron Williams, Chris Paul, Rajon Rondo, Russell Westbrook y Devin Harris; los escoltas Kevin Durant, Brandon Roy, Monta Ellis, Kevin Martin, Eric Gordon y Rudy Gay; aleros como LeBron James, Luol Deng, Josh Smith y Andrea Bargnani; ala-pívots de la talla de Chris Bosh, Al Jefferson, Blake Griffin o Al Horford; y, finalmente, postes llamados Brook López, David Lee, Joakim Noah o Dwight Howard.

Y algunos otros que seguramente me abre olvidado de un grupo que no supera los 26 años de edad y que, salvo sorpresas, debería figurar en un 90% en más de un partido de All Star y, consecuentemente, liderar la nueva travesía de la NBA hacía el ciberespacio… Y más allá.

Dicho queda. Abróchense los cinturones. Despegamos en breve: 10, 9, 8, 7, 6, 5...


D'Antoni, Año II
Publicado por Publicado por Alex Oller. Octubre 08 del 2009

Mike D'Antoni
Mike D'Antoni descartó Chicago por la pasión del Madison Square Garden
NBAE/Getty Images

Start spreading the news…

Así empieza la mítica canción del gran Frank Sinatra, inigualable oda a la majestuosa Ciudad de Nueva York e himno no oficial de la Gran Manzana. La casa de un equipo también histórico del mundo del deporte: los Knickerbockers.

…I wanna wake up in a city, that doesn't sleep And find I'm king of the hill - top of the heap…

Continúa la letra del ya eterno New York New York, ignoro si inspirada durante un paseo de Sinatra por los aledaños del Madison Square Garden, el autoproclamado "pabellón más famoso del mundo" que siguen regentado los Knicks, actualmente capitaneados también por otro reconocido italo-americano.

Se llama Mike D'Antoni y, como a Sinatra, le gusta el swing, el éxito de la harmonía coral y la narración de un buen relato. Y en su punto final, el aplauso y el reconocimiento al trabajo bien hecho. Cuanto mayor el escenario, mejor.

…These little town blues, are melting away I'll make a brand new start of it - in old new York…

Llegado hace ahora un año de Phoenix, de donde salió por la puerta de atrás después de cinco meritorias temporadas en que llevó a los Suns a las puertas de las Finales de la NBA con un record global de 253-136 y porcentaje victorioso de .650, D'Antoni afronta ahora su segunda campaña en La Ciudad que Nunca Duerme tras completar un balance de 32-50 con los Knicks en el curso 2008-2009.

Pocos esperaban una revolución instantánea en el Garden con su fichaje, pero sí el asentamiento de las bases de un ilusionante proyecto a medio plazo fundamentado en aquel dinámico baloncesto ofensivo que creo escuela en Arizona. La cuestión es sí, privado de jugadores de la calidad de Steve Nash, Amare Stoudemire, Joe Johnson o Shawn Marion, el también ex integrante del cuerpo técnico de la selección estadounidense será capaz de lograr una similar metamorfosis en Nueva York con una plantilla de marcado potencial, pero evidente falta de rodaje y cultura ganadora.

…And if I can make it there, I'm gonna make it Anywhere…

Se trata pues, del gran reto de D'Antoni y el segundo paso natural en el escalafón de la que, hasta ahora, es considerada una brillante carrera. Justo es recordar que la temporada inaugural del técnico en Phoenix fue 11 victorias más pobre que su primera en el Garden; y que, con esos 32 triunfos el año pasado, los Knicks ya presentaron un notable margen de mejora sobre la desquiciante etapa anterior de Isiah Thomas. ¿Será el Año II un punto de inflexión para la franquicia neoyorquina y su flamante entrenador? …It's up to you - new york new York…



Los grandes también lloran
Publicado por Publicado por Alex Oller. Septiembre 20 del 2009

Gasol y Ricky
'Air' dominó en la cancha gracias a un espíritu competitivo implacable carenete de piedad.
NBAE/Getty Images

  Tengo que admitir que me sorprendió.

No esperaba, en absoluto, ver lágrimas deslizarse por las mejillas de Michael Jordan el día de su discurso de aceptación al Salón de la Fama del Baloncesto. De hecho, era lo último que hubiera imaginado.

Y no es que no le hubiera visto llorar antes. Todos recordamos como se abrazó, hecho un flan, y por vez primera, al trofeo Larry O'Brien en 1991 en el vestuario del viejo Forum de Inglewood, mientras le consolaba su estimado padre, James. Pero eso fue distinto: se trataba del bravo y joven guerrero, por fin coronado tras su larga y tortuosa travesía deportiva con los Bulls. El premio. La catarsis. Y tampoco olvidamos como, cinco años más tarde, ya en el moderno United Center, se desplomó sobre el parqué, agarrado al balón de su cuarto campeonato y a su compañero Randy Brown, súbitamente sacudido por un tsunami de emociones en el mismísimo Día del Padre. El del añorado James, fallecido en oscuras circunstancias tras la conquista de su tercer título en 1993. Lágrimas mezcla de tristeza, alegría, alivio y vacío. Sentimientos encontrados.

Pero lo del otro día fue distinto.

Jordan, el mas grande de todos los tiempos, en gran parte por culpa de ese espíritu mega competitivo y esa fortaleza psicológica que amilanaba a cualquier rival, se derrumbó como un chiquillo en el podio de Springfield cuando el acto en sí mismo, su esperada inducción en el olimpo del baloncesto, rodeado por los suyos y sin más oposición que la de sus fantasmas, se antojaba una vía libre y ancha al homenaje sentido y merecido. Lo equivalente a un mate de fast break sin adversarios de por medio. La ansiada entrega total al ídolo de varias generaciones y, puede decirse incluso, salvador de una liga de entredicho futuro hace dos décadas.

Y cuando todos nos relamíamos ya con disfrutar de una última machacada de cara a la galería, un gesto magno, Air nos dejó estupefactos con una simple bandeja, y apurada. Inaudito. No deja de sorprendernos el deporte con momentos como ese, en que un Jordan harto de superar situaciones de máxima presión, adversidades miles en la cancha y curtido hasta la saciedad frente a los micrófonos, se viene abajo al llegar el momento de la rendición total a su obra maestra. Una prueba más de que cada persona, cada atleta, obedece a un determinado motor interno que, probablemente, jamás descifraremos más allá de algunos tópicos aquí mismo expuestos.

Y no me olvido, tampoco, de las recientes y reveladoras lágrimas de otro grande con reputación de villano. El tantas veces catalogado como insensible Allen Iverson lloró a moco tendido el otro día al presentar una beca destinada a estudiantes en Virginia y patrocinada por él mismo. Lo nunca visto.

Insistiendo en que nunca los entenderemos del todo, me atrevo con la teoría de que Jordan nunca supo encajar tan bien los agradecimientos como los desplantes. Y el efecto reto sigue vigente con él aún ahora, como demostró recientemente con este uno contra uno ante el jugador de Slamball Chris Yong y su última amenaza al cerrar su discurso: "No descartéis verme de nuevo jugando con 50 años". En cuanto a Iverson, quizás haya llegado el momento de reconocer que The Answer tiene más cosas a enseñarnos a estas alturas que nosotros a él.

En ambos casos, optaremos por seguir admirando su grandeza sin mayores pretensiones que las del disfrute. Y mal les pese a MJ y AI, con un único mensaje entre ceja y ceja: gracias.

 


Artest, mejor en tu esquina
Publicado por Publicado por Alex Oller. Julio 30 del 2009

Gasol y Ricky
PNadie les puso las cosas más difíciles a Kobe y los Lakers que Artest en los pasados Playoffs.
NBAE/Getty Images

Hay dos nociones bien extendidas en el mundo del deporte profesional y, concretamente, la NBA. Una es la que dice que "lo que funciona, no se toca", y la otra es que los jugadores proclives a la polémica pocas veces, por no decir nunca, logran cambiar.

Pues ha sido enterarme de del sorprendente fichaje del controvertido Ron Artest por los campeones Lakers y lanzar ambos conceptos por la borda.

A mí, el fichaje del 'Tru Warrier' por el conjunto de Phil Jackson me encanta. Y por motivos varios.

El primero es que garantiza que el equipo más exitoso de la pasada temporada se convierta automáticamente en el más entretenido de la siguiente. Teníamos a Kobe Bryant, a mi juicio, el más estético de los grandes anotadores de la liga, Pau Gasol, el esperado escudero con mejor lectura del juego y entorno, y Jackson… ¿qué decir a estas alturas del 'Zen Master'? Y ahora se les une 'Ron-Ron', el inimitable Demonio de Tasmania de la NBA. Y no lo digo, conste, por la nauseabunda tangana del Palace de hace unos años, sino por la desbordante intensidad con que llena cada rincón de la pista a cada segundo. Y que traslada, claro está, hasta el vestuario y los micrófonos de los periodistas.

La segunda razón es ver cómo reacciona Jackson, a dos estornudos de la retirada, a este último gran reto de su gloriosa carrera. Un golpe de guión que, de acabar con final feliz, recordara su tutela del excéntrico Dennis Rodman en Chicago junto a Michael Jordan y Scottie Pippen en los años 90; otro malabar imposible de egos en busca del gran premio común. Apasionante, el 'remake' con el jugador que precisamente más batalla les libró a Bryant y compañía en la consecución del anillo, al arrastrar a los maltrechos Rockets hasta los siete partidos de su serie contra Los Angeles.

Parece más que probable que los Lakers puedan perder a Lamar Odom próximamente, pero con la incorporación del nativo de Queens, el conjunto de Jackson no sólo sustituye sus prestaciones, sino que las supera ampliamente. No me malinterpreten, soy un reconocido admirador del alargado alero multiusos, pero mucho más ferviente seguidor de Artest, un obrero que puede colaborar en las mismas facetas del juego y destacar en el apartado que tantas veces acaba marcando las diferencias: el hambre por ganar. Cada noche.

Es esa hambre, por vencer y sobrevivir, lo que separa a los grandes combatientes de los que suelen quedarse por el camino. Y como los púgiles que tanto admira, Artest se considera, ante todo, un 'peleador'; el Jake LaMotta del baloncesto, capaz de encajar un golpe tras otro y seguir regresando al centro del cuadrilátero para lanzar el gancho definitivo. Y no hablo, otra vez, de 'lo' del Palace. Allí el ex de los Pacers perdió la cabeza y repartió de lo lindo, pero no se equivoquen: al final el que más castigo recibió fue él.

Este, su reciente fichaje por la histórica franquicia californiana, es su particular regreso; y seguramente el definitivo en términos de legado deportivo. En caso de triunfar con los Lakers, quizás acabemos recordándole ante todo como ese insaciable competidor y talentoso todoterreno a ambos lados de la cancha que Jerry Krause reclutó para los Bulls en aquel lejano Draft de 1999.

Yo, por lo menos, como fan incondicional de Artest, así lo espero. Y también los Lakers, conscientes de que resulta mucho mejor tener al 'Tru Warrier' en tu esquina que en la de enfrente.


De Pau a Ricky, Ítaca
Publicado por Publicado por Alex Oller. Junio 24 del 2009

Gasol y Ricky
Parecía ayer cuando Pau Gasol estrechó por primera vez la mano de David Stern en el Madison Square Garden de Nueva York.
NBAE/Getty Images

El tiempo vuela… o eso nos repetimos los nostálgicos. Parecía ayer cuando Pau Gasol subió por primera vez al estrado del Madison Square Garden y estrechó la mano del comisionado David Stern en lo que significó su ingreso formal en la mejor liga del mundo.

Han pasado ocho años desde entonces hasta que el catalán, ahora con casi 29, volviera a intercambiar un cordial saludo con el mandamás de la NBA, esta vez previo al efusivo abrazo del trofeo Larry O'Brien. Si contáramos en años NBA, probablemente le parecieran bastantes más.

Repito también aquí, junto al popular dicho, un famoso poema del griego Constantino Cavafis referente a La Odisea de Ulises, y de título Ítaca: "Cuando empieces tu ida hacia Ítaca, desea que el camino sea largo, lleno de peripecias, lleno de conocimientos…

…Siempre en tu mente ten a Ítaca. La llegada a allí es tu destino. Pero no precipites el viaje en absoluto. Es mejor que muchos años dure. Y que, ya anciano, arribes a la isla, rico con cuanto obtuviste en el camino, sin esperar que riquezas te dé Ítaca.

Ítaca te dio el hermoso viaje. Sin ella no hubieras emprendido el camino. No puede darte nada más." Y me vienen a la cabeza estas estrofas por dos cuestiones.

La primera, en lo referente a las numerosas reivindicaciones que, desde varios foros, se han hecho sobre la validez de Gasol como competidor. Objeto de todo tipo de críticas desde que empezara a despuntar con los Grizzlies en 2001, el catalán se ha visto siempre forzado a navegar contra marea en la liga estadounidense, algo proclive a los estereotipos con los jugadores europeos. Ocurre que, en las Finales del año pasado contra los Celtics, las quejas sobre su supuesto juego blando alcanzaron el máximo estado de aspereza, más que nada, creo yo, porque algunos intuyeron que el ansiado plazo para la conquista de un campeonato con Kobe Bryant amenazaba con cerrarse pronto.

Para regocijo de los que no parecieron caer en la cuenta en su apasionada defensa del internacional español, Gasol logró en las siguientes Finales el deseado título gracias a una impresionante demostración de fuerza, talento, inteligencia, sacrificio y tenacidad. En base a ello, me atrevería a decir, el MVP bien podría haber sido suyo.

El primer sorprendido de su rendimiento fue su entrenador, Phil Jackson, y el segundo quizás el propio protagonista, que apuntó a la mejora de los puntos flacos anteriormente expuestos como la principal razón del éxito individual ante el temido Dwight Howard y, eventualmente, el triunfo colectivo de los Lakers.

Supongo que reconocer que el principal problema de Gasol no eran solamente la falta de balones en ataque es demasiado pedir, pero podemos reconfortarnos en el hecho de que, lejos de cerrársele las oportunidades de lucir anillo de campeón, al de Sant Boi se le acaba de abrir una nueva etapa gloriosa que, quien sabe, podría desembocar en nuevos campeonatos con el dorsal 16 de eventual número uno. Pero mejor no adelantar acontecimientos. No precipitar el viaje.

Gasol ya sabe lo que se necesita para ganar, y esa es siempre una lección de valor incalculable. Aunque tardía en su caso por distintos motivos, es de esperar que un jugador de su inteligencia emocional sepa gestionar, más que el éxito final, la sabiduría recién adquirida.

El efecto Ítaca al que me refiero viene también a colación por el caso Ricky Rubio, la última promesa española en dar el salto a la NBA con la intención de recalar, tras el Draft de este próximo jueves, entre los tres primeros elegidos.

Rubio, a sus 18 años, no tiene nada que envidar a Gasol en cuanto a talento y, tras tres temporadas en la Liga ACB, parece incluso más preparado que su compañero de selección, que cruzó el charco sin haber completado casi un solo curso en la primera plantilla del FC Barcelona.

Pero, pese al desbordante talento del base del Joventut, no hay que olvidar las lecciones sufridas por el pívot en su larga travesía por Memphis antes de besar la gloria con los Lakers. Como Gasol antes, Rubio ingresará seguramente en un equipo en fase de reconstrucción como los Grizzlies, Clippers o Thunder. El primer año será de alabanzas desmesuradas, el segundo de evaluación del progreso y el tercero, de consenso sobre el acierto, o no, de su elección. Así son las cosas en la mejor liga del mundo y para ello debe prepararse un jugador que se intuye mentalmente equipado, a pesar de su reciente litigió con el club verdinegro, que se resiste a renunciar a sus derechos. De entrada, peripecias.

Pese al revuelo, lo más probable es que Ricky, como antes Pau, estreche la mano de un sonriente Stern este jueves en Nueva York. Empezará con el gesto su largo y fascinante viaje a Ítaca. Preparémonos también nosotros para gozarlo y sufrirlo junto a él.


'Hedo be do be do'
Publicado por Publicado por Alex Oller. Junio 09 del 2009

Turkoglu
Turkoglu posee una cualidad que, sencillamente, se tiene o no se tiene: el 'swing'.
NBAE/Getty Images

Tuve el afortunado placer de pasar mis últimas vacaciones veraniegas en Turquía, ese gran país que ha unido desde Antes de Cristo a los continentes de África, Europa y Asia por el concurrido estrecho del Bósforo que al mismo tiempo divide la histórica ciudad de Estambul, antigua Constantinopla.

Lo hice en contra de los apresurados consejos de un conocido, que resumió las infinitas cualidades del fascinante territorio en "un lugar insoportablemente caluroso, de gente con muy mala baba y peor prensa desde el estreno de la película 'El Expreso de Medianoche'". Y concluyó tajantemente: "Es el último país al que iría de vacaciones. Ni regalado". Toma cita.

Me acuerdo de la sentencia en estos días previos a la planeación veraniega, sin destino claro aún, y sobretodo de madrugada, cuando disfruto sobremanera de las Finales de la NBA y ese juego atípico, estéticamente cuestionable pero siempre fascinante, del alero de los Magic Hedo Turkoglu.

Con la nacionalidad tatuada en el apellido, el nativo de Estambul ejerce de firme representante de un país muy a menudo ninguneado en el plano geopolítico a pesar de, precisamente, su importancia geopolítica. Como su adorada, Turquía, Turkoglu ha sido muchas veces dejado a un lado por técnicos, periodistas y aficionados, más ansiosos por resaltar sus contados defectos que numerosas virtudes. O, simplemente, por considerarle demasiado feo.

En la era de la imagen en detrimento de la sustancia, al seguidor 'mainstream' de la NBA todavía le seduce más, probablemente, la elegancia en movimiento de Tracy McGrady o la muy visible garra de Allen Iverson. Poco importa que por motivos distintos, aunque en cierto modo conectados, ambos hayan visto los Playoffs (sí es que lo han hecho) desde el sofá de su casa. Siempre tendrán más votos para jugar el All Star que nuestro querido amigo Hedo.

Mientras, Turkoglu, el patito feo, anda jugando las Finales contra los Lakers. Y, ¡a que nivel!

¿Quién nos iba a decir que el ex de los Kings y Spurs iba a erigirse en el momento de la verdad en el referente de un equipo que cuenta en sus filas con un candidato a MVP de la temporada regular en Dwight Howard?

Ocurre que el joven pívot, pese a sus innegable cualidades, anda todavía muy lejos del nivel exigido para decantar por su cuenta una serie final ante Kobe y compañía y, a la hora de guisarse las habas, Stan Van Gundy prefiere la cocción lenta y refinada de Turkoglu a los salvajes fogonazos de Howard.

Y, como buen sazonador de especies, Turkoglu ha respondido con temple firme, refinado olfato y maestría organizativa, ofreciendo lo mejor de un repertorio que incluye esa privilegiada lectura del juego que desespera a técnicos rivales, por no decir a sus marcadores, o hasta los árbitros.

Y siempre a pesar de las citas, las sentencias preconcebidas: "Es lento. Salta poco. Defiende mal. Le falta intensidad".

Paparruchas.

Hay jugadores que juegan de cara a la galería y otros que lo hacen de cara a la victoria final. Turkoglu pertenece a esta última estirpe.

También, es cierto, se cuenta entre aquellos que hacen parecer fácil lo difícil, y cuyos andares casuales camuflan un tanto el latente ardor competitivo. Y es con esa aparente lentitud de movimientos físicos con la que desarman a diario rivales de silueta más apolínea pero pensamientos más toscos.

Veo al turco ejecutar con reducida velocidad jugadas a las que sus defensores creen haberse anticipado, sólo para evidenciarse superados en el quinto movimiento, vislumbrado cuatro atrás por este singular 'playmaker', y recuerdo a otros cracks de la cámara lenta como Paul Pierce, de los Celtics, John Salmons, de los Bulls, Mike Miller de los Timberwolves o el retirado Toni Kukoc, otro de los que tuvo que ganarse el respeto a base de tumbar un prejuicio tras otro.

Todos ellos reúnen características distintas pero se identifican con un singular modo de entender el baloncesto más allá del músculo, la agilidad aérea o la mera estética. Se llama 'swing', une en armonía jazzística el movimiento físico con el mental y, sencillamente, o se tiene o no se tiene.

A mí entender, lo puede lucir un baloncestista como Turgkoglu, un músico como Jimi Hendrix, un periodista como Enric González. O un país, como Turquía.

Y si de de citas categóricas va la cosa, permítanme acabar con un triplete de altura, cortesía del magneto que un día mi querida esposa colocó sobre nuestro tupido refrigerador:

"To do is to be" – Friedrich Nietzche

"To be is to do" – Immanuel Kant

"Do be do be do" – Frank Sinatra

Y añadir, acaso, la siguiente para lo que nos queda de Finales: "Hedo be do be do".


Bynum, ser o no ser
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 29 del 2009

 Rick Adelman
¿Porqué siempre ese 'pero' con Bynum? ¿Y porqué, encima, a costa de terceros?.
NBAE/Getty Images

Se ha hablado mucho a lo largo del último mes, y sobretodo en las recientes semanas, sobre las limitadas aptitudes del pívot de los Lakers, Andrew Bynum.

Y con un perverso guiño, más que al análisis imparcial del joven jugador, a glosar las virtudes, muchas de ellas innegables, de nuestro estimado Pau Gasol.

Críticas respetables aparte, el tic me parece de muy mal gusto.

¿Qué culpa tiene Bynum de que a Gasol no le lleguen, según la mayoría, suficientes balones de ataque? ¿Es tan lesiva su falta de experiencia en segundas fases para los Lakers como el flagrante desinterés de tantos otros en la plantilla angelina? ¿Realmente resulta tan 'blanda' su aportación defensiva como dicen algunos cuando promedia tapón y medio por 20 minutos de partido?¿ Y es lícito usar esos argumentos para resaltar las facultades de Gasol que, recordémoslo, recibe a menudo esas mismas críticas desde foros supuestamente pro-estadounidenses?

Yo creo, sinceramente, que no. Y, ni mucho menos, necesario.

Pau no requiere cabezas de turco. Sí le urgen compañeros de cierta calidad si quiere ganar el anillo algún día. Y Bynum bien podría ser uno de ellos.

Leí recientemente un estupendo artículo del ex jugador del Espanyol, Joan Golobart, en La Vanguardia, en que denunciaba un pecado del que demasiadas veces, lo reconozco, he abusado yo mismo: la insistencia en indagar en los valores negativos de un deportista sobre los positivos.

Esa manía nuestra tan pretenciosa nos aleja, demasiado a menudo, de la que debería ser siempre nuestra máxima prioridad: gozar del espectáculo que nos libran los protagonistas, ya sean futbolistas, baloncestistas, o corredores de fondo. ¿Porqué siempre ese 'pero'? ¿Y porqué, encima, a costa de terceros?

Parece que el mayor problema de Bynum, más allá de que gusten o no sus formas sobre el parqué, sea el desproporcionado peso emocional que muchos seguidores de los Lakers han depositado sobre sus anchas espaldas. Resulta que el 17 de los dorados, tras ingresar en la liga directamente desde el instituto hace cuatro temporadas y padecer los lógicos altibajos de un rookie tan precoz, empezó a apuntar maneras a mediados de la pasada campaña, hasta el punto de que muchos comenzaron a ilusionarse con una hipotética dupla demoledora en la pintura, formada por él mismo y Gasol.

Pero ocurre que el mundo del deporte depara, como la vida misma, incontables imprevistos, y lo que debía convertirse en el curso de consolidación de Bynum, el nuevo príncipe, derivó en una frustrante campaña individual para el poste, que vio como una lesión le apartaba de la línea ascendente del colectivo, con aspiraciones de repetir Finales y, esta vez, ganarlas.

Por la labor están actualmente los Lakers y, con ellos, un Bynum que se ha recuperado a marchas forzadas para el tramo decisivo. Allí anda en pleno fregado contra los duros Nuggets y la inclemente crítica de la mayoría de partidarios de Gasol, que no le perdonan una.

Y, previsiblemente, el pipiolo suma un fallo tras otro.

No corre. No rebotea. No pasa. No defiende. Es blando.

Eso es lo que alegan, al menos, sus detractores. ¿Les suena? Lo mismo decían otros de Gasol.

No pretendo, ni mucho menos, que el estadounidense iguale o supere algún día en prestaciones al catalán, aunque tampoco lo descarto. Bien es sabido que los hombres altos suelen tardar su tiempo en desarrollar sus facultades baloncestísticas. Es difícil pronosticar su techo, pero le veo, desde luego, siendo un jugador muy válido para los Lakers en el futuro. Y más, con Gasol de compañero.

Y sin embargo, ese se me antoja el mayor problema de Bynum, que ha pasado en apenas 50 meses de brillante promesa a amarga decepción, luego a valor en alza y, en este preciso momento, a ser el mayor enigma del conjunto de Phil Jackson. Las expectativas de todos nosotros, a quienes nos ciega tan a menudo ese crónico negativismo del 'sí, pero', sobretodo a la hora de ensalzar a nuestros predilectos por comparación, se anteponen a las del propio jugador, que anda actualmente más perdido en las Finales de Conferencia que un pingüino en un desierto.

O que otro príncipe, famoso y antiguo. Danés de nacionalidad, de nombre Hamlet y problemas algo más trascendentales pero la misma cuestión: ¿Ser o no ser?

De momento, que juegue. Y paciencia.


Respetos a Houston
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 18 del 2009

 Rick Adelman
Como ya hiciera años atrás en Sacramento, Rick Adelman ha logrado formar un equipo coral en Houston.
NBAE/Getty Images

Sin Tracy McGrady. Sin Dikembe Mutombo.

Los Houston Rockets ganaron a Portland en la primera ronda de Playoffs.

Sin Yao Ming.

El equipo texano forzó un séptimo partido en Semifinales de Conferencia contra los Lakers.

Con Ron Artest. Con Shane Battier. Con Luis Scola. Los inquilinos del Toyota Center sentaron las bases para el futuro de una franquicia que, tras años y años de sinsabores, puede mirarse al espejo con el orgullo propio de los ganadores. Al final perdieron contra el vigente subcampeón, sí, pero dieron la cara como no lo hacían desde hace mucho tiempo. Quizás aquel lejano año de 1995 en que levantaron su último trofeo Larry O'Brien de la mano de Hakeem Olajuwon y bajo la dirección de Rudy Tomjanovich.

Bien haría el agónico clasificado en tomar nota del equipo eliminado. A Phil Jackson y los suyos les espera un duro reto ahora frente a los Nuggets, y quizás una página del libreto del staff técnico de Houston no les vendría nada mal a los californianos.

Con Rick Adelman.

E aquí la clave, sin afán de desmerecer a los jugadores, del auténtico resurgir espiritual de una franquicia que no levantaba cabeza desde que los Mavericks de Mark Cuban coparan el protagonismo en el estado de la estrella solitaria junto a San Antonio. Y vaya manera de uno y otro equipo de despedirse de la temporada, por mucho que los de rojo sufrieran ese doloroso y definitivo revés, 70-89, en el Staples Center.

Dieron la cara hasta el final los mermados Rockets, huérfanos de superestrellas pero no de líderes como Battier, el ex capitán de Duke entregado ahora labores de intendencia por el bien común, Scola, ese fajador argentino no exento de talento y experiencia en mil batallas, o incluso el vilipendiado Artest, tipo del que se pueden cuestionar muchas cosas, pero jamás la entrega ni el espíritu guerrero sobre la cancha.

Claro que el 'Warrior' sacó nuevamente lo mejor de sí mismo bajo la sabia batuta de Adelman, como ya hiciera años atrás en Sacramento. Y no es coincidencia si el espíritu coral de este equipo recuerda a algunos al de aquel colectivo de los Kings del cambio de década. La mano del técnico se nota y debería ser la máxima esperanza de cara al futuro de una franquicia que, en apenas ocho meses, ha recuperado gran parte del crédito perdido en el último lustro.

Por el momento, mis respetos.


El sueño de Chuck
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 12 del 2009

Manu Ginóbili
Daly forjó las polémicas 'Jordan Rules' y un equipo bicampeón en Detroit.
NBAE/Getty Images

El glamour se lo llevó, y justificadamente, Pat Riley en la década de los ochenta; y el metal, también muy merecidamente, Phil Jackson en los 90 y más allá.

Pero entre ambos mitos del banquillo, emparedado por esas dos leyendas del baloncesto, sentó cátedra un técnico de menor lustre, que no trascendencia. Tan transgresor como el 'Zen Master' y 'Mr. Gomina', si no más, fue el recientemente fallecido Charles Jerome Daly, ex de los Cavaliers, Nets, Magic y sobretodo Pistons, a quienes lideró en la conquista de dos campeonatos consecutivos antes de que les destronaran los Bulls de Michael Jordan y, justamente, Jackson.

Más conocido como 'Chuck', el nativo de Pennsylvania pasará también a la historia como el entrenador que conjuntó y capitaneó el espectacular 'Dream Team' de los Juegos Olímpicos de Barcelona'92. Aquel 'Equipo de Ensueño' marcó un antes y un después en el desarrollo del baloncesto global y, si bien todos nos acordamos de los malabares de Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y compañía, pocas veces mencionamos como artífice a Daly, el hombre que supo aderezar con singular sazón la ensalada de egos antes de levantar el champán y hacer realidad el sueño de todos los aficionados.

Si los mejores jugadores del planeta se reunieron en 1992 para formar el mejor equipo de la historia en la cita olímpica, lo más lógico era que les dirigiera el mejor técnico del momento. Un estratega también de ensueño, como Daly.

Se había labrado a pulso el camino, desde luego, ganándose la confianza de los cracks con un duradero despliegue de sabiduría y mano firme al frente de aquellos aguerridos Pistons de finales de los 80. Odiados hasta la saciedad por el resto de la NBA, los 'Bad Boys' de Detroit ganaron dos campeonatos exentos de maquillaje pero sobrados de músculo y actitud, un estilo muy acorde a lo que fue en su día la Motown. Y el verdadero ideólogo no fue otro que el ex de Boston College.

Capaz de unir en una causa común a gente tan dispar como Isiah Thomas, Joe Dumars, Bill Laimbeer, John Salley, Mark Aguirre o Dennis Rodman, Daly consiguió barrer del camino a los mejores Celtics de Bird antes de destronar a los Lakers de Magic en 1989 y defender con éxito la corona al año siguiente frente a unos Portland TrailBlazers con bastante más talento pero muchas menos ideas.

En el intento, realizó también uno de los regalos más desapercibidos al deporte de la canasta: al barrar el paso tres años consecutivos a los Bulls de Jordan, no sólo brindó a la NBA una de sus mejores rivalidades, sino que ayudó a forjar al simultáneamente el mejor jugador de la historia. 'Air', con todas sus aptitudes individuales, no alcanzó su grandeza absoluta hasta encontrar el modo de involucrar a sus compañeros para batir a Detroit. Sus repetidos fracasos ante el equipo que ejecutó de maravilla las célebres 'Jordan Rules' diseñadas por Daly alimentaron su legendario espíritu competitivo y le forzaron a superarse a sí mismo hasta lograr desbancar al odiado rival en 1991.

Cabe subrayar pues que Daly fue el último técnico capaz de encontrar un antídoto a Jordan y, al mismo tiempo, mantener intacta su imagen ante el rencoroso número 23, que celebró gustosamente con él el oro olímpico sólo un año después.

Admirado por todos, aunque pocas veces se reconociera públicamente su labor, como cuando resucitó a la moribunda franquicia de los Nets a mediados de los 90, el apodado 'Daddy Rich' mantuvo siempre la elegancia por encima del ardor competitivo y el aprecio de la familia baloncestística, como reconoció un Rodman que, una vez separado de Daly en los Pistons, se derrumbó anímicamente como Mike Tyson tras la muerte de Cus D'Amato.

No todos entendimos entonces la dramática reacción emocional del 'Gusano' a la marcha de su mentor. Quizás lo comprendamos un poco mejor hoy tras la sentida desaparición de una figura tan eclipsada como prontamente añorada. Es lo que tienen los sueños.


Bendito insomnio
Publicado por Publicado por Alex Oller. Mayo 8 del 2009

Manu Ginóbili
¿Cómo perderse a Joakim Noah machacando sobre Paul Pierce y luego celebrando como un poseso? Inconcebible.
NBAE/Getty Images

Hace apenas dos semanas que empezaron los Playoffs de la NBA y parece toda una vida. Y cuando digo parece, me refiere tanto a lo intangible como lo palpable: servidor está convencido de que 15 días atrás presentaba un aspecto de lo más aseado y saludable. Y no la desaliñada, desvelada y estresada facha de las últimas jornadas.

¿Y la culpa? De esta trepidante postemporada… o al menos esa es la excusa que les vendo a mis alegados.

Lo suscribía hace unos días la compañera Isabel Tabernero en este mismo Blogsquad (lo de la falta de sueño, no de estética personal, obviamente), y es que los partidos de la NBA a seis horas de diferencia tienen estas cosas. Internet y las plataformas digitales han supuesto un mastodóntico avance en cuanto al seguimiento transoceánico del mejor baloncesto del planeta pero, a menos que uno resida en zona horaria estadounidense, toca tirar de café, despertadores y, visto lo visto en las últimas madrugadas, quizás algún que otro trago no apto para menores.

Y vivir los partidos en diferido, sencillamente, no es una opción. Al menos en Playoffs.

¿Cómo postergar para el día siguiente el séptimo partido, por decir uno, de la maravillosa serie entre Chicago y Boston?

¿Cómo renunciar, después de cuatro prórrogas, una de ellas doble y la otra triple, y otro choque decidido prácticamente sobre la bocina, a ver el desenlace del mejor emparejamiento de primera ronda jamás vivido?

Los que hayan gozado estas dos semanas de las espectaculares penetraciones de Derrick Rose, las vertiginosas transiciones de Rajon Rondo, las desmelenadas galopadas de Joakim Noah, las mil caras de enfado de Kendrick Perkins, el concurso de tiradores entre Ben Gordon y Ray Allen y el duelo de anotadores entre Paul Pierce y John Salmons no tendrán reparo alguno, creo yo, en otorgar ese primer lugar en el ránking de mejor serie de primera ronda de la historia. Y podríamos debatir lo de primera ronda, desde luego.

Se acabó al fin, para desconsuelo de unos jóvenes Bulls que dieron mucho más de sí de lo que nadie esperaba y alivio de los reinantes campeones, que sacaron lo mejor de su arsenal cuando muchos les dimos por muertos tras la lesión de Kevin Garnett. Y se pasó página también para descanso de los sufridos analistas, que agotaron los adjetivos hace días para describir lo vivido en el United Center de Chicago y el TD BankNorth Garden de Boston. Aunque ganas de seguir disfrutando no faltaron.

El aplauso se lo merecen ambos equipos por el grandioso espectáculo ofrecido y la oportunidad que han brindado al eventual aficionado descarriado de reencontrarse consigo mismo y su original atracción a este maravilloso deporte, aunque fuera a horas intempestivas.

Con partidos así, bendito sea el insomnio, carajo.


Sin Manu no hay paraíso
Publicado por Publicado por Alex Oller. Abril 28 del 2009

Manu Ginóbili
Ginóbili, de largo en el banquillo, es la imagen menos deseada por la afición negroplata.
NBAE/Getty Images

San Antonio…
Manu Ginóbili…

Ambos nombres evocan máximo respeto en la NBA. El primero, a los equipos que tienen que enfrentarse a los Spurs, y más en su ruidoso pabellón del AT&T Center. El segundo no requiere siquiera de apellido y causa directamente pavor entre las máximas estrellas de perímetro de la Liga: desde LeBron James a Kobe Bryant, pasando por Dwayne Wade y Paul Pierce, cualquier candidato al MVP preferiría seguramente encargarse de la lavandería del equipo antes de enfrentarse al jugador que Brent Barry acertadamente bautizó un día como El Colision. Ginóbili es mucho Manu y San Antonio es mucho Spurs, en efecto.

Y, previsiblemente, la resta de uno de los factores sí altera el producto.

Ni los cuatro veces campeones de la NBA son los mismos sin el internacional argentino en sus filas ni el escolta comanda equiparable consideración lejos de Texas y, concretamente, del escaparate de los Playoffs, ese tortuoso terreno abonado para el jugador de raza.

Aclaremos: igualmente de válidos, sino más, son los méritos de Ginóbili con Argentina en el plano FIBA u olímpico. Su entrega y espíritu cuando salta a una cancha de baloncesto son los mismos sea cual sea la zamarra que envuelva ese corazón espartano. Pero el crack de Bahía Blanca, precisamente por su estilo de juego polifacético, altamente intuitivo, de alto voltaje siempre, resultará invariablemente más imprescindible para un equipo que, como los Spurs, se mida a una serie al mejor de siete contra, por ejemplo, Dallas. Significativamente más, creo, que para un conjunto que se juegue el todo o nada en 40 minutos. Su concurso resultaría probablemente decisivo, obvio, pero no tanto como en una serie donde prevalecen los ajustes sobre la inspiración, la lectura sobre la improvisación. Y el admirado Manu, por mucho que destaque sobremanera en los cuatro apartados, donde marca las diferencias reales es en lo cognitivo.

Igual que los Spurs.

Cuentan en San Antonio desde hace años con una franquicia modélica en cuanto a gestión y comportamiento, que no relaciones públicas. Guiado por la sabía mano del general manager RC Buford y arropado por el régimen castrense del técnico Gregg Popovich, el equipo se ha movido siempre con destreza en los despachos, como demuestra la selección de Ginóbili con el número 57 del Draft de 2009, y también sobre el parqué, donde históricamente ha superado a rivales mejor equipados a base de trabajo, disciplina y mucho, mucho colmillo.

La lástima para los texanos, si podemos realmente compadecer una plantilla que cuenta en sus filas con los estupendos Tim Duncan y Tony Parker, es que buena parte del mordiente pierde fuerza en cuanto el número 20 desaparece del quinteto. Sin Manu en el equipo, el cuadro de Popovich sigue siendo temible, merecedor de cautela, pero no del pánico que provoca su jugador bandera. No fue casualidad que el mejor Ginóbili, en aquella imborrable temporada de All Star, se erigiera en el artífice del tercer título negroplata frente a los duros Pistons en 2005. Justo merecedor del MVP entonces, finalmente otorgado a Duncan, sufrió en la siguiente campaña dolencias físicas que le impidieron dar lo mejor de sí ante los Mavericks; y a los Spurs, consecuentemente, repetir título.

Recuperado para la 2006-2007 pese a perderse medio curso por dolencias varias, apareció nuevamente en la postemporada para frenar a LeBron James y los Cavaliers en apenas cuatro partidos y en el Alamo se abrió el paraíso por cuarta vez en nueve años. En la pasada, otra vez vuelta a la enfermería y, casualidad de casualidades, al vacío deportivo a orillas del Riverwalk, donde hoy camina cabizbaja la hinchada por el espectro del argentino, nuevamente vestido de largo en el banquillo en esta complicada ronda ante Dallas. ¿A alguien le sorprende, a estas alturas, el adverso marcador?

Aplaudamos, pese a todo, a estos Spurs con raza de campeón. Eso sí, muy conscientes de que sin Manu, no hay paraíso.


Primera sorpresa
Publicado por Publicado por Alex Oller. Abril 20 del 2009 a las 10:29 PM

Rajon Rondo y Derrick Rose
Derrick Rose deslumbró en su primer partido de Playoffs, aunque Rajon Rondo tampoco se quedó corto en Boston.
NBAE/Getty Images

36 puntos, cuatro rebotes y 11 asistencias. No puedo decir que esa línea estadística de Derrick Rose, visto lo visto en su primera temporada en la NBA, me sorprenda demasiado.

Celtics 103 - Bulls 105. Ese marcador ya es otra cosa.

Recién estrenados los Playoffs, el triunfo de Chicago en casa de los campeones, con o sin la participación de Kevin Garnett, representa un sonoro toque de corneta ante todos aquellos que pronosticaban una postemporada tediosa y previsible que ejerciera de mera alfombra roja para unas eventuales Finales entre Lakers y Cavaliers, los dos mejores equipos del curso. La primera pues, en la frente.

O la segunda, en el caso de los fieles de los Celtics que, tras ver frustrada su esperanza de recuperar al Big Ticket de cara a la defensa del título entre semana, vieron como el sábado el joven equipo de Vinny Del Negro tomaba sin complejos el TD BankNorth Garden tras un vibrante partido con prórroga incluida en la que Paul Pierce, el MVP de las pasadas Finales, falló un tiro libre clave. Raro, ¿o no?

La bandera de los Bulls la plantó el veinteañero Rose, digno heredero de un tal Michael Jordan 23 años después de que Larry Bird le describiera como "Dios disfrazado de jugador de baloncesto" en el viejo Garden. Sus 63 puntos entonces fueron toda una revelación de cara a la gloriosa carrera que culminaría después, pero Air no logró en su primer partido de Playoffs en Boston lo que el último número uno del Draft: la victoria.

Lo de Rose el sábado fue, sencillamente, sensacional ante la que podríamos considerar la mejor defensa de toda la Liga. Con limitado apoyo en el juego interior, sin la colaboración del lesionado Luol Deng y menos aportación de lo habitual por parte de un mermado John Salmons, el ex base de la universidad de Memphis se las ingenió una y otra vez para romper la moral del equipo de Doc Rivers. No fueron sólo las espectaculares penetraciones, mortíferas suspensiones y deliciosas asistencias. Fueron ese singular sentido del timing, andares confiados que no sobrados y la innata capacidad de liderazgo lo que le separaron del resto. Una actuación antológica, desde luego.

Mención especial mereció también su directo rival en pista, Rajon Rondo, firmante de 29 puntos, nueve rebotes y siete asistencias frente a la defensa del novato -menos mal por el bien del espectáculo que aún le queda margen de mejora al bueno de Pooh-. En otro giro imprevisible de los acontecimientos, el base de los Celtics se erigió como la mejor respuesta local a la estampida de Rose y los Bulls. Otra bonita sorpresa para la jornada inaugural. Y eso que esto no ha hecho más que empezar.

¿Cómo era ese slogan? Ah sí… NBA ¿Dónde ocurrirá lo asombroso este año?

De primeras, Boston.


Lágrimas rojas
Publicado por Publicado por Alex Oller. Marzo 10 del 2009 a las 10:59 AM

Kerr y Van Lier
Kerr y Van Lier marcaron el sello de los Bulls en la era pre-Jordan.
NBAE/Getty Images

Nunca hablé personalmente con Johnny Red Kerr. Jamás tuve el particular placer, aunque sí gocé de sus transmisiones en directo y de la ocasión de contemplar de cerca su profesionalidad, buenas maneras, entusiasmo y elegancia.

El ex jugador, entrenador y comentarista televisivo de los partidos de los Chicago Bulls nos dejó el pasado 27 de febrero y con él se fue no sólo la voz de un equipo glorioso, el que Michael Jordan llevó a ganar seis campeonatos en la década de los 90; desapareció también una imagen y un emblema, no sólo de la franquicia roja, sino también de la NBA y la historia del baloncesto.

Kerr era, como lo es aún el octogenario ayudante de los Lakers, Tex Winter, un auténtico Mr. Basketball en el sentido en que había mamado el juego desde sus inicios, sufrido sus años de penuria y gozado luego de su explosión en el último cuarto del Siglo XX. Aún en el XXI, y mermado por una cruel enfermedad, siguió haciendo gala de sus encomiables conocimientos adobados por una pasión contagiosa y respeto ejemplar por el entorno baloncestístico, desde al más brillante de sus protagonistas al anónimo espectador. A pesar de los últimos sinsabores del equipo de sus amores, jamás tuvo un mal gesto, un comentario fuera de tono o un despiste de envergadura. Red no estaba allí para eso.

Verle desenvolverse por la cancha antes y después de los partidos era un placer para los amantes del buen gusto y mejores maneras. Algo parecido a la admiración que despierta estos días Clint Eastwood en la pantalla grande, Kerr no sólo irradiaba, sino que impregnaba personalidad al marco que ocupaba sin descuidar la crítica. Con muletas o sin ellas.

Su fallecimiento fue muy sentido en la Ciudad del Viento, sobretodo al encadenarse a la del también querido Norm Van Lier apenas unas horas antes. Otro grande que se ganó con creces, aunque de forma bien distinta, el aprecio de la gente. Base de carácter intenso y juego dinámico, Van Lier formó con Jerry Sloan uno de los backcourts más combativos de los años 70 antes de recalar, como Kerr, en la cabina de retransmisiones.

De ambos nos quedan sus partidos, de corto o de traje, da igual. Sus historias y su estilo, clásico y elegante cual Gran Torino. Y las lágrimas, rojo brillante.


El 'K&P Special'
Publicado por Publicado por Alex Oller. Febrero 6 del 2009 a las 10:59 AM

Gasol & Bryant
Gasol y Bryant, ¿tras los pasos de Kareem y Magic?
NBAE/Getty Images
Pau&Kobe, Kobe&Pau, Gasol y Bryant, Bryant y Gasol…

Son los dos nombres más repetidos últimamente, no ya en los resúmenes de los partidos de los Lakers, sino en los 'highlights' de todos los programas deportivos. Y merecidamente.

Ahora que se cuecen los puestos de cabecera antes del 'All Star Break', con el español consolidado entre la élite y el norteamericano en pleno y ansiado vuelo hacia su primer título sin Shaquille O'Neal al lado, el dúo estelar del Staples Center se está ganado a pulso un galardón compartido de doble MVP del primer tramo de la temporada. Olvídense de LeBron.

Fueron primero los 61 puntos de Bryant en el Madison Square Garden, magno escenario donde los haya, los que sirvieron de toque de corneta para el 'Laker revival' que amenaza con desmoralizar al resto de pretendientes. Justo cuando la competencia se relamía por la ausencia del lesionado Andrew Bynum, oliendo sangre en un posible descalabro de los californianos, ambos cracks han respondido a la adversidad dando su mejor versión. Como debe ser.

No hay que olvidar que en la estelar noche de Kobe en Broadway, Pau colaboró con 31 tantos de su propia cosecha. Un total entre ambos de 92 de esos 126 de los Lakers en el choque. Un 'K&P Special' de rechupete, que lo llamarían en los restaurantes contiguos al Madison.

Pero no quedó allí la cosa, pues en el siguiente envite contra Toronto ambos sumaron fuerzas nuevamente para 67 puntos y lo más importante, la novena victoria angelina en los últimos 10 partidos. Quedaba el plato fuerte: la revalida, este pasado jueves, de las Finales 2008 contra los Celtics en Boston.

No falló Kobe, con un mal porcentaje pero 26 puntos anotados contra el quinteto que le mantuvo a raya el pasado junio; ni tampoco Pau, autor de 24 tantos, 14 rebotes y dos tapones clave para asegurarse ese notable triunfo a domicilio y los elogios de la crítica, que se ensañó con su pobre defensa en las Finales para justificar el derrumbe contra los de Massachussets.

Esta vez a los Celtics se les atragantó la pareja de mala manera, por mucho que el aficionado medio se congratule del combo. ¿'K&P Special'? Más, por favor.


Ground Zero en Memphis
Publicado por Publicado por Alex Oller. Enero 26 del 2009 a las 10:59 AM

NBAE/Getty Images
¿Seguirá los pasos de su hermano el joven Marc Gasol?

¿Qué pasa en la ciudad de Elvis Presley últimamente? Buen baloncesto no, desde luego.

Hace ya tiempo que los asiduos al FedEx Forum andan alicaídos de ánimo y escasos de motivos para animar a sus Grizzlies, una franquicia que parecía en auge hace no tanto y que estos días se revela incapaz de salir del barro a orillas del Mississippi.

La última víctima fue el simpático Marc Iavaroni el pasado 23 de enero, cuando la directiva optó por destituir al técnico para justificar y -esperemos- intentar rectificar ese sonrojante balance de 11 victorias y 32 derrotas en la presente temporada, en que el equipo parece destinado a acabar nuevamente en puestos de lotería del Draft. Y van tres seguidas.

Decía que no hacía tanto que los Grizzlies respiraban un aire mucho más saneado. Concretamente, tres años. Fue en Febrero de 2006 cuando acudí por primera vez a la ciudad del Rey, con motivo de la histórica selección de un español para el partido del All Star en Houston. El jugador era Pau Gasol, quien ostentaba al mismo tiempo status de hombre-franquicia y tenía al equipo bien encarado hacia su tercera presencia consecutiva en los Playoffs. La que debía significar el paso definitivo al frente.

Todos en la organización se deshicieron en elogios hacia el catalán, me hablaron maravillas del club y sus planes de mejora para la comunidad y me mostraron orgullosos las nuevas instalaciones que debían forjar a los Grizzlies del futuro, un valor en alza en la NBA.

35 meses más tarde, la directiva ha cambiado, los entrenadores han pasado y Pau viste de dorado en Hollywood tras ser despedido con abucheos del estado de Tennessee, donde muchos bromean que los Tigers universitarios son el mejor equipo de la ciudad.

El Gasol que luce el dorsal 33 es su hermano menor, Marc, y lo luce, como hiciera el primogénito de la familia en su temporada de novato en 2001, con orgullo pero también un enorme peso sobre sus espaldas: el de intentar relanzar a un equipo que ha vuelto al punto de partida. Ground Zero.

No está sólo en el propósito el ex jugador del Akasvayu Girona, pues dispone a su alrededor de dos de los mejores jóvenes anotadores de la liga en Rudy Gay y el también rookie OJ Mayo. Dos buenas razones para acudir al pabellón y animar a los Griz.

Pero el ambiente ha cambiado y no para bien, precisamente, en Memphis. Pienso en Andy Dolich, el exultante ex presidente de operaciones, quien me aseguró en 2006 que el objetivo de competir por la Conferencia Oeste estaba "al alcance de la mano". También en Pau, que se hartó de vender optimismo pese a la escasez de refuerzos y el no superar nunca la primera ronda. Y en el bueno de Sam Zambelis, sonriente propietario del restaurante Bon Ton's y fiel abonado al FedEx que posó, junto a su esposa, hijos, empleados y una portada del diario local para una instantánea que saldría publicada en un periódico al otro lado del Atlántico.

De regresar hoy a Memphis, es posible que escuchara un discurso parecido al de los buenos tiempos, pero algo me dice que esa foto, ese radiante retrato de familia, se quedaría en intento frustrado.


Rose no hay más que uno
Publicado por Publicado por Alex Oller. Enero 13 del 2009 a las 10:59 AM

NBAE/Getty Images
Derrick Rose

Su nombre es Derrick aunque algunos aún le llaman Pooh, el cariñoso apelativo de aquel osito goloso de la factoría Disney. El apodo viene de su adicción a los famosos caramelos de los Gummy Bears pero, como tantas otras cosas en los últimos meses, se le ha quedado pequeño al número uno del pasado Draft de la NBA.

Derrick Rose luce, como no, el número uno en el dorsal del equipo de su casa y los Bulls lo anuncian acordemente en el último lugar de la presentación de su equipo inicial en el United Center. Como hacían hace ya más de una década con un tal número 23.

¡De Chicagoooo...! ruge el speaker ante el delirio de los aficionados y, seguramente, el desespero de los seguidores de la universidad de Memphis, donde el base deslumbró al país entero tras dejar el instituto. La idea fue del propio Rose y el departamento de marketing de los Bulls previsiblemente se entregó en pleno a la promoción local de su nuevo jugador-franquicia. Por algo lo eligieron con el número uno.

¿Cosa del destino? Chicago sólo tenía mínimas opciones de llevarse la primera elección cuando participó en la lotería de Nueva Jersey, y la suerte quiso que el chaval criado en el conflictivo South Side acabara recalando en el equipo de sus sueños. Muchos fueron los que entonces advirtieron sobre la conveniencia de tomarse la nueva etapa con calma, no fuera a ser que el joven Pooh, de apenas 20 años, sucumbiera a las numerosas tentaciones de la Windy City o a la presión de desmedidas expectativas.

Olvídense de todo eso.

Han pasado 212 días desde que Rose se enfundara la gorra de los Bulls y recibiera un afectuoso apretón de manos del comisionado David Stern en el Madison Square Garden, y sólo 106 desde que disputara su primer partido oficial en la NBA, en pretemporada.

Ha disputado 38 en total esta campaña con Chicago, que actualmente presenta un balance de 16 victorias y 22 derrotas y, si algo ha quedado meridianamente claro durante este tramo inicial de su prometedora carrera es que Rose no sólo se va a llevar el galardón de Mejor Novato del Año al final del curso, sino que merece incluso consideración al All Star de febrero; más allá del partido de rookies contra sophomores.

Es muy posible que se pierda el choque de los grandes, el domingo, y en mi opinión injustamente; pero el joven playmaker dirá que no le importa, que lo verdaderamente trascendente es que su equipo mejore su balance y participe en los Playoffs tras una temporada 2007-2008 más que decepcionante.

Y tampoco debería importarnos demasiado a nosotros, pues la verdadera evidencia la tenemos delante de nuestras narices: ha nacido una estrella, y para largo. No son sólo las espectaculares estadísticas de 16.7 puntos, 6.2 asistencias, 3.6 rebotes y de 46% en el tiro las que han sobrepasado la altas expectativas depositadas sobre el ex Tiger. Es su saber estar, su silencioso y letal instinto ganador el que marca la diferencia. Ese plus de competitividad sin estridencias que le empuja a arrancarle el corazón al rival; sin un mal gesto pero toda la intención. Ese plus que sólo los verdaderamente grandes tienen. Los número uno.

Y de Derrick Rose, definitivamente, no hay más que uno.


Suerte, Rudy
Publicado por Publicado por Alex Oller. Octubre 29 del 2008 a las 10:59 AM

NBAE/Getty Images
Rudy Fernandez

Cuando escribo estas líneas, Rudy Fernández aún no se ha estrenado con la camiseta de Portland TrailBlazers pero, cuando ustedes las lean, seguramente el crack español ya habrá deleitado con alguna joya que otra vestido de negro, blanco y rojo.

Fernández, al que ya todos los acérrimos de Oregon conocen cariñosamente por su nombre de pila, no tardó nada, al fin y al cabo, en ganare el afecto de su nueva afición nada más pisar suelo estadounidense.

De la mano de su madre y junto al general manager, Kevin Prittchard, el joven escolta se emocionó al oír los cánticos de "¡Rudy! ¡Rudy!" de los fieles que fueron a recibirle y, aunque se trate de un fenómeno poco habitual, sus razones había: Rudy Fernández es un baloncestista muy, muy poco habitual.

Formado en la cantera del Joventut de Badalona como la perla que viene, Ricky Rubio, el jugador mallorquín ha exhibido, en sus cinco temporadas en la ACB, un talento innato para desbordar defensores y un instinto agudo para captar la trascendencia del momento. Y conquistarlo sin complejos.

Estamos hablando de un jugador de raza no siempre disciplinado, no siempre sereno, no siempre calculador. Pero siempre decisivo. Este nuevo Blazer, que dará que hablar más pronto que tarde, promete espectáculo y emoción con sustancia. Competitivo por naturaleza y ganador por convicción, ninguna de las virguerías de su amplio repertorio baloncestístico obedece a lo frívolo. Todo lo que hace Rudy sobre el parqué tiene un fin: la victoria. En eso se parece a Magic Johnson, aunque sobre la cancha pocas veces sonría. En eso se asimila más a Michael Jordan.

Pero no nos lancemos a la piscina todavía. Por ahora el ex jugador del Joventut no es más que un rookie y deberá ganarse el respeto en partidos de pretemporada como los que ahora nos ocupan. En su propio equipo tiene aún por delante a estrellas como Brandon Roy y deberá, al menos principio, amoldarse al rol de sexto hombre que parece tenerle reservado su entrenador, Nate McMillan. "Voy a hacerle jugar tanto como necesite. Si consigue el nivel del que es capaz, tendrá muchos minutos", aventuró al poco de su llegada el técnico, tipo tradicionalmente poco dado a predicciones temerarias pero que ve en su nuevo recluta un jugador con capacidad para ejercer a la perfección el papel de revulsivo desde el banquillo.

Ganador de la Copa del Rey y la Copa ULEB en su última temporada de verdinegro, el mallorquín probablemente luchará al principio con sus ansias de protagonismo y el reducido rol, aunque está sobradamente capacitado para efectuar la transición sin problemas. La clave, en este caso, será el propio nivel exhibido por su equipo y la confianza de Prittchard, que parece un niño con zapatos nuevos desde que se hizo con sus servicios. "Es exactamente lo que queremos de un jugador: juega en equipo, es un buen chaval y creo que hará mejores a sus compañeros, y eso es lo que más me excita de su llegada", declaró el general manager tras la presentación.

A su lado, asentía Rudy, sonriente y confiado, con ese punto de malicia de los que se sienten capacitados para, no sólo asumir cualquier reto, sino exceder las expectativas creadas.

Suerte, crack.